Skip to main content

Oración del Domingo XI


14 Junio 2026

Amigo Jesús. Hoy empiezo por pedirte que me mires. Mírame con esa mirada especial tuya que transparenta tu ser y en la que embarcas el corazón.

Aunque en el papel no se note, aquí me paro un rato para sentirme acariciado por tu mirada, por tu ternura, por tu confianza indestructible en mí. En mí. Estoy “condenado” a ser siempre amado por el Padre y por ti.

Lo voy sabiendo. El Espíritu me lo dice y lo graba a fuego en mi corazón. Gracias.

Hoy, como discípulo, quiero verte mirando a la gente y quiero aprender de ti a mirar. Ya sé que eso no se resuelve con unas gafas nuevas; eso se resuelve cambiando el corazón o dejando que seas tú el que, viviendo en mí, vayas haciendo el lindo trabajo de hacerme “a tu imagen y semejanza”. Todo un reto. ¡Qué distinto tu mirar del mío! Tú, siempre con el amor por delante, como el Padre, ves en nosotros nuestras búsquedas, anhelos, deseos quizás no identificados que están ahí, en el fondo de todos. Y no te sientes juez; te sientes regalo, respuesta de Dios a nuestras búsquedas. Te sabes Agua viva para nuestra sed. Te sabes Pan de vida para nuestras hambres. Te sabes Resurrección para nuestro deseo de vivir. Te sabes Amigo para nuestra soledades. Te sabes… 

Creo que en tu mirada amorosa ya te nos entregas total. 

Yo, amigo, amigo Jesús, no sé mirar a la gente de esa manera.

Primero, y me confieso un poco o un mucho, tiendo a mirar sus defectos, recordando sus errores y limitaciones. Me coloco más a la defensiva que animado a la entrega. Me fijo más en las diferencias que en las coincidencias, y mantengo las distancias. Creo que lo mío es un instinto de defensa irracional. Pero qué equivocado estoy. Enséñame a mirar como tú, con amor del bueno.

Ay, si la gente supiera como los miras, cuánto quieres ofrecerles para que su vida sea más plena… seguramente nos reprocharían que te hemos desfigurado, encorsetado, que te hemos escondido a su mirada. Nos acusarían de que, teniendo un tesoro tan grande se lo hemos presentado tan insípido que se les han quitado las ganas de buscar en la fuente en la que decimos que hemos bebido.

Perdona, Jesús, nuestra manera rutinaria y fría de vivir nuestra fe. En lugar de presentarte como la Buena Noticia de Dios te hemos presentado como una carga pesada e inútil. Ayúdanos a amar y a mirar como miras tú, como ama y mira el Padre. 

AMÉN