Este desafío exige un estudio serio y una gran paciencia notable, y prudencia que es muy necesaria, pues, la diversidad litúrgica puede ser fuente de enriquecimiento, a veces puede provocar “tensiones”, “incompresiones”… que puede llegar a “cisma”, decía Juan Pablo II.
En la liturgia no se actúa por capricho, ni por opciones superficiales…, sino gradualmente, con el tiempo necesario, sin precipitación o “ciertos gustos personalísimos…”, necesita estudio, y con prudencia acercar la liturgia y la cultura; la acción sacramental concreta y las instituciones culturales de una Iglesia (local).
En estos años postconciliares se ha profundizado en el estudio de la liturgia. Aunque es cierto que el estudio de la cultura, por ser una realidad más compleja, es más difícil. Discernir qué valores están propiamente arraigados en la propia cultura y cuáles entre ellos pueden ser asimilados por la liturgia cristiana, cómo resolver el problema de la multiplicidad de culturas en una misma comunidad eclesial, qué aspectos pertenecen a la sensibilidad profunda del pueblo y cuáles a grupos particulares, son, entre otras, cuestiones que debemos plantearnos desde la cultura.
No debemos cerrarnos a ninguna posibilidad, pero hay que discernir, estudiar, reflexionar con profundidad y seriedad. No cabe los esnobismos o por amateurs de la liturgia y de la pastoral no llevarán sino a desarraigos que, más que favorecer, perjudican y desconciertan al pueblo cristiano; como tampoco puede bastar un poco de músicas o danzas folclóricas, de vestidos llamativos, para poder hablar de liturgia inculturada...
No es extraño que este proceso de inculturación provoque sentimientos de miedo y prudencia, porque estos cambios tocan raíces entrañables de la fe cristiana que, a veces, han llegado a ser también valores culturales asimilados en cristiano. Por esto es por lo que hay que actuar con la seriedad y la pedagogía necesarias. Es evidente que hay que evitar el eclecticismo barato, el sincretismo oportunista o los préstamos esnobistas de culturas ajenas. La inculturación no toca solo las formas externas, sino que a través de ella se alcanzan los contenidos mismos de la liturgia y la sensibilidad más profunda de la comunidad cristiana.
Este desafío de la inculturación exige valentía y prudencia a la vez. De tal modo que la prudencia no “mate” la iniciativa, ni la temeridad haga olvidar la sabiduría secular de la Iglesia.
¿Cuánto durará este trabajo del desafío de la inculturación de la liturgia? Quizá sea una ilusión, pero este trabajo no debe cesar nunca. Sólo así seremos fieles a la consigna de Pablo VI de dar a la liturgia una “perenne juventud”.
Bitácoras
