¡Hola, Jesús!
No sé cuántos piropos te he echado en estas hojas. Muchos, seguro. Pero hoy tengo la necesidad de decirte algunos más: ¡Hola, Pastor bueno; hola, Puerta abierta a la Vida; hola, amigo del alma…!
Sintiéndome conocido por ti hago el acto de fe de que tú me conoces total. Y a eso añado una alegría inmensa porque, conociéndome en todo, me amas exageradamente. Tu amor es regalo límpio, no merecido.
Gracias por ser como eres.
Y luego, junto a la alegría de saberme conocido por ti, de escucharte diciendo mi nombre, siento la necesidad de pedirte perdón por lo poco que te conozco. Casi nunca bajo a ese fondo donde me habitas. Me pasa y nos pasa lo que dice el profeta Isaías: “El buey conoce a su dueño, el asno el pesebre de su amo, pero este pueblo no me conoce a mí”.
Jesús, qué poco sabemos de tus amores, de tus cuidados, de lo que piensas, de lo que sientes. Y es que te buscamos poco; es que no sabemos escucharte; es que no guardamos tus palabras…
Danos hambre y sed de ti, Señor. Hoy también nos dices que el pastor no salta el muro para entrar donde están las ovejas. Eso hace el ladrón. Tú te has “ganado” nuestro cariño a pulso, tú nos has rescatado no pagando oro y plata, sino a precio de un amor hasta la sangre. Eso nos decía Pedro en su carta la semana pasada. Y él lo sabía bien.
Amigo, me encanta eso de que tú eres la puerta y una puerta abierta para todos, todos, todos (como decía el papa Francisco). Ya te criticaron duramente los que eran puertas cerradas para muchos, los que no podían admitir que fueras amigo del Dios Santo y acogieras a impuros, recaudadores, extranjeros y pecadores. Su corazón estrecho no les permitía entenderte.
Tú eres puerta por la que todos pueden entrar y ellos eran muro. Si me atrevo a entrar por ti, sé que en ti encuentro a Dios, en ti encuentro al hermano, en ti encuentro Luz, libertad, futuro…
Me alegra saberte puerta abierta… Pero ahora viene lo gordo, la consecuencia de ser tu discípulo: ¿Soy yo una puerta por la que pueden entrar todos? Ay, cuántos pueden entrar por ti y yo no les dejo que entren por mí… Cuánto, cuánto me estoy perdiendo por encerrarme en mí mismo.
Ayúdame a ser puerta abierta, ayúdame Señor y Dios mío.
Bitácoras
