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Oración del IV Domingo TO.


31 Enero 2026

¡Hola, Jesús, buen amigo! 

Tú sí que eres y actúas a imagen y semejanza de Dios, porque en ti se trasluce el ser de Dios, los quereres y los haceres de Dios.
Quiero comenzar por darte las gracias por tus bienaventuranzas. Nos dejan clarito dónde está escondido el tesoro de la alegría y la plenitud que buscamos. 

Pero qué complicado lo tenemos, pues lo que nos dice la propaganda y el estilo de vida que hemos respirado desde que nacimos contribuyen a esconder más aún lo ya escondido y a desanimarnos en buscarlo. Ahí, nos dicen, no hay nada que merezca la pena; ahí sólo hay tristeza y fracaso.

Tengo delante el canto del Magníficat de tu Madre (Lucas 1, 51-53) y tus Bienaventuranzas y me asombran las coincidencias, la lucidez y conexión de María con los quehaceres de Dios. ¿También ella te ayudó a que tuvieras las bienaventuranzas tan claras? A María le pido que nos ayude a entrar por esos caminos para encontrar la alegría.

Me gusta hablar esto contigo, porque ya sabes que mucha gente tiene unas ideas sobre María que no son de la María de verdad. La hemos idealizado tanto que le hemos levantado los pies de nuestro suelo y de alguna manera “ya no parece de los nuestros”. La hemos empoderado y enjoyado tanto que la hemos alejado de nuestro vivir de cada día y no nos sirve de ejemplo y estímulo. Parece tan de otro mundo…

Ella comienza afirmando que “Dios ha mirado la pequeñez de su esclava” y, por eso, se desborda de alegría. Y sentirse mirada y bendecida inmerecidamente por Dios le ha despertado el asombro, el agradecimiento y la alabanza. María es una pobre feliz. Dios ha hecho cosas grandes en ella. Y, desde ese sentirse mirada e inundada por Dios, María se atreve a mirar la vida en la que hay soberbios, poderosos, pobres, perseguidos, ricos, hambrientos… ¿Y qué ve? Ve a Dios “dispersando a los soberbios de corazón, derribando del trono a los poderosos y levantando a los humildes, llenando de bienes a los hambrientos y despidiendo a los ricos con las manos vacías”. Por dos veces nos dice que para hacer todo esto, a Dios lo mueve sólo la misericordia, cumpliendo así lo prometido a Abraham y a su descendencia.

Me encanta y me asombra ver a María tan sedienta de justicia. Me encanta verla descontenta, como Dios está descontento, con la situación injusta en la que malviven tantos hijos. Me encanta su convencimiento de que Dios trabaja por ver a sus hijos felices. Me encanta ver a María “rompiendo platos”. 

Jesús ayúdanos y permíteme pedirte que tu Madre Santísima nos ayude.