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Oración II Domingo de Adviento


06 diciembre 2025
¡Hola, amigo Jesús!
¡Hola, promesa de Dios, tan esperada y, al fin, cumplida!. Me ha dicho Juan –el Precursor- que estás a la puerta y llamas. Me ha dicho Juan –el de Isabel- que contigo viene la Vida a este cementerio en el que hemos convertido nuestro mundo, a este ser humano envuelto en sombras de muerte que anhela la Luz y la Vida.
Gracias por venir en nuestra búsqueda. Juan te percibe de camino a nuestro encuentro; te huele, te intuye, te vislumbra en el horizonte. Y nos asegura: “detrás de mí viene el que los bautizará con Espíritu Santo y fuego”. ¿Y nosotros intuimos que vienes…?
Viniste ayer, vienes hoy, y vienes siempre. Y vienes para que la vida sea Vida en abundancia. El problema es que los que necesitamos vivir así
estamos tan entretenidos, tan cegatos que no nos enteramos de tu cercanía, no captamos tu llamada, no sabemos oír, escuchar tus “pasos” silenciosos hacia nuestro corazón.
Qué tragedia que nos quedemos en el anuncio de Juan de que ayer venías, y no vivamos en la expectación y el deseo de tu venida hoy, hoy... Es hoy, en este adviento, cuando vienes, cuando te haces el encontradizo, cuando me hablas, cuando quieres bautizarme con Espíritu Santo y con fuego... Hoy, ahora, ahora... ¡ya!
Señor, que no tengas que seguir de largo porque no me he enterado, porque no te dejé entrar en mi vida, en mi corazón, en mí tiempo. Gracias por salir también al encuentro de mis hermanos. Que te acojan en su vida; que se llenen de Luz.
A veces, amigo, tengo la impresión de que muchos sólo estamos bautizados con agua, que sólo nos bautizó Juan, pero que no hemos recibido el bautismo tuyo, ése que no sólo quita, sino que nos sumerge en Dios para vivir ya en Dios.
Bautízame con tu Espíritu, Jesús. Ven a respirar dentro de mí. Entra en mis pensamientos, en mis deseos, en mis heridas, en mis miedos y en mis luchas... Lléname de tu paz cuando me agito, de tu fortaleza cuando me canso. Ven a mover lo que está quieto, ven a despertar lo que está dormido, ven a sanar lo que está herido, ven a encender lo que está apagado.
Y Jesús, báñame también en tu fuego. No el fuego que destruye, sino el fuego que purifica, el que quema lo que es mentira y deja sólo lo que es verdadero. Pasa tu fuego por mis palabras, por mis juicios, por mis apegos que no me dejan volar detrás de ti. 
¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!