Skip to main content

Oración del Domingo XXV


20 septiembre 2025

¡Hola, Jesús, siempre amigo! 

Me hago consciente de que ahora tu mirada me envuelve y tu Palabra me llega muy viva, porque me la dices tú, el Viviente. Y hoy me hablas de “ser astuto como las serpientes y sencillo como las palomas”, astuto como el administrador de la parábola. 

La verdad es que no sé si entenderé bien todo lo que me quieres decir. Me da que no, porque mirándote a ti, no sé compaginar tu astucia de serpiente con tu valentía, tu denuncia atrevida, tu defensa de Dios y de los pobres, tu ternura y comprensión con todos. Ya te lo dijeron algunos y hasta me da que yo mismo te lo hubiera aconsejado también: cuida las formas, no tengas tanta prisa, modera tus denuncias… Pero sé que lo hiciste bien, que era lo que el Padre quería de ti, aunque te mataran tan pronto.

Hoy me dices, me aconsejas, ¿me mandas? que sea astuto como el administrador, como la serpiente. Y lo que me sale es preguntarte:

¿Cómo ser astuto? ¿En qué asuntos ser más astuto? 

Que no me ganen en astucia por el Reino los “hijos de las tinieblas” a los que sí veo derrochar astucia para conseguir dinero, poder y gloria de la mala.

Y pienso, ¿o me lo estás tú diciendo por dentro?: Tengo que decidirme a apostar por Dios, jugándome lo que sea, porque sólo Dios es Dios. Quiero decidir seguir tus pasos y contigo estar dispuesto a perder para ganar, porque sólo tú me enseñas y ayudas a vivir en abundancia.

Quiero amar a mis hermanos con la arriesgada astucia de que serán ellos los que me abran las puertas de la vida en plenitud.

Y lo del dinero. Ya sé que el dinero está ahí y es necesario. Lo malo es lo que sucede en nuestro corazón con respecto al dinero. Y es un mentiroso total. Cómo nos engaña con sus promesas, como nos enamora, cómo nos destruye como personas, cómo mata en nosotros el amor, cómo lo adoramos como si fuera un dios de verdad. Y no se puede adorar al mismo tiempo al Dios que nos quiere hermanos y al dios que nos empuja a explotar a los otros.

La anécdota del otro día: el que pidió que lo enterraran en un ataúd de oro. Pensé maliciosamente: me gustaría reírme ante su mausoleo pensando cómo se pudre uno envuelto en oro. Y que, con ese oro podría haberse ganado amigos que le abrieran la puerta del Reino de la vida. Pero no fue nada astuto y, engañado, se equivocó. 

Dice el salmo 90: “enséñanos a calcular nuestros años, para tener un corazón sabio”. Esa es mi petición de hoy. Te lo pido para mí y te lo pido para mis hermanos. Haznos astutos a tu imagen. 

AMEN