¡Hola, Jesús!
Señor hay que decir la verdad, que aquel maestro de la ley te lo puso en bandeja. Aprovechaste su pregunta para orientarnos al centro de la vida, de Dios.
Como lo que le importaba era cumplir la ley, -como a nosotros, muchas veces nos importa la ley, y cuando nos conviene ni nos acordamos que existe…-, lo remitiste a la ley, y aprovechaste su respuesta para llevarlo, y llevarnos, a la plenitud total, plenitud que es vivir la Buena Nueva del Evangelio.
Gracias por querernos abriéndonos horizontes.
Ya sé que tú no necesitas un mandamiento que “te obligue” a amar con toda el alma y con todo el ser ni a Dios ni a todos, ni a todo. A ti el Amor te tiene enamorado.
Tú te gobiernas más bien por ese refrán nuestro de ¿quién ve a Dios y no lo besa? Tú “ves” a Dios, y el amor se te desborda. Los besos se te derraman a borbotones. Serle fiel no es tu obligación, es tu gozo.
Ves a una persona y se te conmueven las entrañas hasta el extremo.
En el samaritano es un buen retrato de tu fidelidad, de tu entrega, de tu cariño hacia el otro, hacia mí, hacia todos. Viéndote no puedo evitar preguntarme:
¿Por qué nosotros necesitamos un mandamiento que nos “obligue” a amar al Amor?
¿Será que seguimos ciegos y no vemos ni a tientas al Dios grande y bueno que nos despierte el amor más grande?
¡Cuánto bueno tenemos dormido!
¡Cuántas capacidades sin explotar!
¡Cuánto bien se nos queda por hacer!
Es que estamos demasiado entretenidos en nuestro yo, -ese yoísmo que nos corroe-. No sabemos mirar hacia fuera de verdad. Sólo nos miramos a nosotros.
¡Enséñanos a mirar como tú miras!
Tú nos dices: “si sólo amas a los que te aman”, ¿qué haces de especial? Si haces bien a los que te hacen bien, eres como los que no creen en Dios, que también lo hacen.
Eso no es una relación de amor, eso es una relación comercial, un “tú me das y yo te doy”.
Para vivir así no hace falta ni que Dios exista ni que seamos sus hijos. A los buenos es fácil quererlos. Para querer a los malos, a los ingratos hace falta que el amor sea muy grande. Por eso nuestros pecados nos han hecho descubrir el insondable amor de Dios. Los amigos nos sacan amor. Y eso tenemos que agradecérselo. Pero los enemigos, los que no son como nos gustaría, nos desafían y nos invitan a amar más. Las dificultades son una oportunidad. Así entiendo un poco cómo la cruz te llevó a la gloria, porque te llevó a la plenitud del Amor, te llevó a Dios.
Bitácoras