¡Hola!, escribe S. Lucas (10, 25-37) soy el herido del camino en la parábola del “Buen Samaritano”. Y hoy desearía “meterme contigo”, que no sé qué papel estás jugando al pasar por el camino en que me encuentro tirado.
No soy un número, soy una persona real y concreta, con una historia larga si conseguí vivir años, o muy corta si ni siquiera me permitieron nacer. Soy un mundo de deseos y sentimientos. Yo también sueño, como seguro que sueñas tú, con una vida que pueda llamarse humana. Quiero poder disfrutar de esta vida que siento latir en mí. Quiero ser conocido y reconocido, quiero ser amado y quiero amar. Y tengo nombre, aunque tú no lo sepas.
Jesús me puso de personaje central en una de sus parábolas. Salí a la luz porque uno de esos sabios maestros de la ley, esos que se las saben casi todas, y que se pasan la vida elucubrando y discutiendo sobre “sus grandes verdades o principios”, quiso poner a prueba el saber de Jesús y poder desprestigiarlo si, según su parecer, no era correcta su respuesta.
Le preguntó: ¿quién es mi prójimo? En la parábola de Jesús, no tengo nombre; soy “un hombre”. Eso quiere decir que puedo ser cualquiera. Puedo ser ese que viste, o que no viste, y que estaba tirado en la cuneta por la que pasaste tan entretenido “en lo tuyo”. Puedo ser ese vecino ante el que nunca te paraste o por el que no te has interesado jamás. Puedo ser el enfermo con el que te cruzas en el hospital y al que miras con el mismo interés que miras al carrito del enfermero, mientras vas a visitar al que sí tiene nombre y te importa.
En poco tiempo me pasó de casi todo. Iba de viaje y “llevaba mi mundo conmigo”. Y de repente me caen encima unos bandidos (que haberlos, ailos). Fui asaltado, desnudado, molido a palos, y abandonado “medio muerto”…
En poco tiempo pasé de ser un caminante con rumbo y proyectos a ser un hombre que se debate entre la vida y la muerte por la ambición de unos cuantos que están dispuestos a matar para ellos acumular y acumular lo que no les pertenece y lo que no tendrán tiempo para gastar.
¿Una locura? Una locura. Pero ya sabes que los locos abundan. Y estos sí que tienen nombre y apellidos y cuentas corrientes muy abultadas, algunas camufladas, claro. Mientras me debatía entre la vida y la muerte vi venir a un sacerdote, esos que dan culto al Dios Santo en el templo, y luego a un levita, descendiente de la tribu de Leví, que tienen a Dios como su tesoro y su herencia y que sirven en el templo. Se despertó en mí la esperanza. Estos “hombres de Dios” me ayudarán, me dije. Pero al verme, dieron un tirón a su cabalgadura, apretaron el paso y siguieron de largo. ¡Cuántas preguntas se me levantaron por dentro ante su comportamiento! ¿En qué Dios creen los que se comportan así? ¿Qué gloria le pueden dar a Dios con sus ritos los que no atienden a los que Dios ama? ¿La religión es algo que sólo se vive en el templo o que se hace en la vida de todos los días?
Y, cuando ya me había abandonado a mi mala suerte, vi venir a un samaritano. Aquello me desanimó más, porque en lugar de venir un paisano normal, lo que viene es un “perro samaritano”; esos que despreciamos tanto en nuestro pueblo que evitamos hasta mirarlos, y mucho menos tener trato con ellos, pues son lo peor de lo peor. Al verlo venir, añadí una desgracia a mi desgracia pues de aquel hombre no podía esperar nada. Por no creer, ni siquiera creen en el Dios que tiene su templo en Jerusalén. Ellos dicen que hay que adorarlo en el Monte Garizín. Y, además, no cumplen la Santa Ley que nos dio Moisés. Cuál fue mi sorpresa cuando lo vi que puso rumbo a donde yo estaba y me miró con ternura. Descendió de su cabalgadura y se me acercó. Vi la compasión en sus ojos y me tocó con unas manos llenas de cuidado y delicadeza. Se me pasó por la cabeza el recuerdo de las manos de mi madre un día que me caí y me hice unas heridas. Lo vi agitado y nervioso. Fue a su cabalgadura y trajo aceite y vino para limpiar y desinfectar las heridas. Y con sumo cuidado me levantó y me subió al animal. Noté que para aquel hombre sus proyectos habían pasado a un segundo plano. Ahora lo que le importaba era yo. A cada rato me miraba y me tocaba a ver si seguía bien sujeto a la montura. Llegamos a la posada que él debía conocer, porque hablaba con confianza con el posadero, y allí me terminó de curar. Se pasó la noche en vela pendiente de mí. A cada rato me tocaba la frente por si me había subido la fiebre y me mojaba la boca con un paño húmedo. Al amanecer lo oí hablar con el posadero de que tenía que marcharse por asuntos urgentes. Vi que le dio dos monedas de plata para que me cuidara y le prometió que volvería lo antes posible para hacerse cargo de mí y para pagarle lo que hubiera gastado de más.
Y yo, el hombre de la parábola de Jesús, que casi muero por la maldad de unos bandidos, ahora estoy vivo, renacido de cuerpo y alma y reconciliado con el ser humano. ¡Estoy vivo por el amor y el cuidado de alguien que me miró y se compadeció de mí!
Y ahora, perdona, tengo un montón de preguntas para lanzar al aire. Son preguntas para este sistema de vida en el que muchos están cómodamente instalados.
Y algunas, quizás, sean para ti que acabas de escuchar a Jesús diciéndote esta parábola:
+ La tierra es de Dios ¿o no?, y por tanto es de todos. Por “maniobras” de la historia y por el egoísmo de unos pocos, hoy unos cuantos tienen muchísimo y otros no tienen lo necesario para vivir.
¿Quién tiene lo que a otros les falta? ¿Es destino de Dios o es injusticia del ser humano?
Lo sabemos por la historia. ¿No sabes que los países ricos de hoy han robado y robado las riquezas de los países que hoy son pobres porque unos malvados más fuertes los explotaron?
¡Y mataron para enriquecerse! Y hoy siguen con las mismas maniobras, más sofisticadas, pero con la misma ambición detrás.
“Heridos en el camino…” ¿Quién los apalea, quién les roba, quién los deja tirados medio muertos…?
Pon la mano en el pecho y sé sincero: ¿Te parece normal este sistema de vida en el que vives?
+ Hay una consigna que grita: ¡¡Otro mundo es posible!! ¿Crees que es posible otra manera de organizar la vida? ¿Lo vas haciendo posible a tu alrededor?
Es el Reino de Dios que ha venido a nosotros con Jesús y que necesita tu colaboración para irse haciendo realidad.
+ Aquí estamos los pobres tirados a la orilla del camino. ¿Lo sabías, nos has mirado alguna vez, te dolemos, te has puesto en la piel de una madre que no tiene que darle de comer a su hijo?
¡¡Y somos millones!!
+ No me digas que están muy lejos. ¡Si hay gente que se va de vacaciones a Australia porque “está ahí mismo!”, ¿cómo te va a quedar lejos África o América que están a unas cuantas horas de avión? ¿No será más bien despiste del corazón que distancia?
+ Y lo que sería más sintomático: ¿Has visto y te has acercado a los heridos con los que te cruzas, los que viven en tu barrio, con los que, quizás, coincides en
Misa y escuchan juntos la parábola del “buen samaritano”?
+ Crees en Dios. ¿En qué Dios crees? ¿Tu Dios se parece a “esos” que sólo se preocupan por sí mismos? ¿Se parece a un padre o una madre que se “desvive” (pierde la vida) cuidando a los hijos porque los ama, eso, hasta desvivirse por ellos?
+ ¿En qué Dios cree el sacerdote del templo y el levita que me vieron tirado en el camino y siguieron de largo? El culto y las oraciones que hacen, ¿crees que le agradan a Dios y que les sirven para algo? Isaías nos habla del “culto vacío” que muchos le ofrecen a Dios.
+ Estoy próximo, ¿te aproximas o te “aprojimas”, y haces lo que puedas por mí, o sigues de largo? Es verdad que no puedes arreglar el mundo, pero algo sí que puedes hacer. Y lo que está a tu alcance, sólo tú podrás hacerlo.
Yo vi la compasión en los ojos y en la actuación del samaritano. No dejes pasar la ocasión de que alguien vea la compasión en ti. Yo vi la satisfacción del samaritano; yo vi a Dios en su mirada y en sus manos, y aquello me devolvió de vida. No pases de largo por nuestras vidas porque te necesitamos.
A Jesús le oí decir: “El que da, tendrá un tesoro en el cielo donde no hay ladrón que robe ni polilla que corroe”. Al maestro de la ley que le preguntó a Jesús: ¿Quién es mi prójimo? Jesús le hace, después de contarle la parábola, otra pregunta: ¿Quién se hizo prójimo del herido del camino?
Y al maestro de la ley no le quedó más remedio que contestarle: “El que tuvo misericordia de él”. No se atrevió a decir “el perro samaritano”, pero en su interior, y para su vergüenza, tuvo que reconocer que así había sido. Y Jesús le dijo ¿te dice? ¿Me dice?: “Pues, anda y haz tú lo mismo”. Vuelvo a repetir estas palabras de “DIOS CON NOSOTROS”; así llamaron a Jesús: Enmanuel: “Pues, anda y haz tú lo mismo”.
Señor, quiero ser una Samaritano del Amor.
Bitácoras
