“La santa Madre Iglesia desea con ardor que se lleve a todos los fieles a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma y a la que tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, ‘linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido’ (1 Pe 2,9)” (SC 14). Por esta razón, una asamblea de espectadores mudos no realiza el símbolo que están llamados a constituir y significar dada la naturaleza de la liturgia. Una asamblea que habitualmente funciona sin ministerios no constituye un símbolo adecuado de la Iglesia. Un sacerdote que en el altar normalmente lo hace todo él destruye el mensaje simbólico de la asamblea litúrgica, mensaje que no es solo para los ojos, o sea, de orden estético, sino para la vida.
La ministerialidad, en fin, es signo del servicio que la Iglesia debe prestar al mundo. Un servicio que va desde el anuncio del evangelio, de la palabra de vida, al compartir el pan cotidiano. Un itinerario que está perfectamente expresado por la estructura misma de la misa, desde la liturgia de la Palabra a la comunión del mismo pan. Por eso, al elegir a las personas y al organizar el servicio litúrgico es esencial preguntarse de qué modo y en qué medida esas personas son adecuadas para expresar claramente la atención de la Iglesia al mundo.
La asamblea, signo de la realidad futura
Como todos los signos litúrgicos, también la asamblea –y en mucho mayor grado–, tiene una notable dimensión escatológica, es decir, de anuncio y figura de la realidad futura. “En la liturgia terrena pregustamos y participamos en la liturgia celeste que se celebra en la ciudad santa, Jerusalén, hacia la que nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero; cantamos un himno de gloria al Señor con todo el ejercicio celestial” (SC 8).
La asamblea es, en efecto, signo y anticipo de la nueva Jerusalén. En esta dimensión la pobreza de los signos es transfigurada y todo se convierte en anuncio y figura de una esperanza que hallará su cumplimiento más allá del espacio y del tiempo. En esta luz grandiosa, que se extiende hasta el infinito, el cantar juntos, el acercarse juntos a la mesa eucarística se convierten en conmovedoras acciones preñadas de significado, que llenan el corazón, que alimentan la fe, la esperanza, la caridad. Pero es necesario que tales momentos litúrgicos dentro de la asamblea sean vividos conscientemente gracias a una adecuada catequesis y se impregnen de significado, capaces de comunicar algo, mediante una correcta realización de los ritos.
El símbolo es delicado, como lo son los signos del amor humano: basta un poco de grosería para que aun las cosas más hermosas se conviertan en terribles banalidades.
Bitácoras