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La asamblea, símbolo de la fe


30 May 2025

La asamblea es ante todo un signo de la fe. Hablando de los sacramentos y de su celebración, la constitución conciliar sobre la liturgia subraya que ellos “no solo suponen la fe, también la fortalecen, la alimentan y la expresan con palabras y acciones; por eso se llaman sacramentos de la fe” (SC 59).

No es necesario desvalorizar los sacramentos hasta el punto de oscurecer su auténtico significado. Por ejemplo (y no es algo insólito), una misa en un lugar amplio –una plaza– abarrotada de público que durante la celebración se charla, bebe o se come festivamente, no constituye en verdad un testimonio de la vivencia de la fe. Igualmente, ciertas misas oficiales con ocasión de eventos civiles, en presencia de no católicos y hasta de ateos confesos, no constituyen un símbolo adecuado. En los últimos años los responsables eclesiásticos están discutiendo incluso sobre el sentido de la misa por televisión (es cierto que ha hecho un bien, al menos para personas muy mayores y sin facultades para caminar… etc., les ha hecho mucho bien “espiritual”, al menos oyen la Palabra de Dios...; aunque ante esa realidad ha llevado a muchas personas a quedarse en casa no un domingo…, sino ya como forma habitual de participar de la Misa, lo cual no es en plenitud, pues, no hay recepción sacramental, no se comulga el Cuerpo del Señor… y un largo etcétera, para revisar y buscar lo mejor para la vida espiritual de los fieles cristianos).

Es necesario no perder de vista esta fundamental dimensión simbólica de la asamblea que radica en la fe para evitar al máximo que tal signo, que por lo demás es el primero que llama la atención y se graba en la memoria, no solo sea desfigurado sino que se convierta en un contratestimonio.

La asamblea, símbolo de la comunión de santos y pecadores

Lo anterior no quiere decir que la asamblea cristiana tenga que estar constituida solo por los perfectos. ¿Quién lo es? La pena es que muchos de los que dicen no serlo actúan en la práctica como si lo fueran, despreciando las asambleas oficiales de la Iglesia. La constitución conciliar sobre la Iglesia afirma que el pueblo de Dios consta a la vez de santos y de pecadores (LG 8). Por tanto, el símbolo de la asamblea no debe ser como un exquisito objeto para ser admirado, reservado a algunos privilegiados que en él se extasían. La asamblea se convierte en símbolo correcto y elocuente solo en la medida en que manifiesta una comunidad de hermanos y hermanas que, a pesar de la diversidad y de la conciencia de la propia miseria, saben caminar juntos. Uno de los mensajes más importantes del símbolo de la asamblea es precisamente el de la acogida recíproca, de la misericordiosa aceptación del otro.

Algunos afirman que solos en casa, o con un pequeño grupo de amigos, rezan mucho mejor (hoy, hay movimientos eclesiales que se mueven en esa línea), pero la asamblea cristiana nos obliga precisamente a salir de esa búsqueda y esa satisfacción egoísta de una oración que poco a poco nos lleva inexorablemente a construirnos un dios a nuestra imagen y semejanza. En cambio, cada cristiano es llamado –especialmente el domingo, el día del Señor– a constituir con los otros bautizados este símbolo de comunión que es más fuerte que todas nuestras divisiones, para que resalte con claridad que el amor de Cristo es más fuerte que nuestros pecados y es capaz de hacer de nosotros hombres verdaderamente nuevos, más aún, de convertirnos en miembros suyos y en su cuerpo.

Esta actitud de conversión, de caridad mutua, y no la supuesta perfección de cada uno, es lo que hace auténtico y elocuente el símbolo de la asamblea.