He mencionado el “éxodo” porque la procesión litúrgica hunde sus raíces precisamente en aquel acontecimiento que reunió en el mismo camino a las doce tribus de Israel. Un camino guiado por Moisés y que congrega a un pueblo entero en su amplia variedad. Un camino que, según la Biblia, tiene una finalidad básicamente cultual: Dios convoca a su pueblo para que le rinda culto (cf. Ex 5,3). Un camino que se recorre bajo la bandera de la solidaridad y cuya meta está más allá del mar Rojo, más allá del Jordán, más allá de las aguas de la muerte. Un camino que está continuamente confortado por la presencia real y misteriosa del Señor, el cual, por medio de Moisés, habla a su pueblo y le da una ley, las Diez palabras de vida.
Raíces históricas de las procesiones
A la luz de esta riqueza nacieron las demás procesiones litúrgicas que todavía están presentes en la celebración eucarística, así como en otras celebraciones sacramentales.
La “procesión de entrada” prevista para la misa no siempre es posible, y cuando lo es, muchas veces parece un simple desfile para solemnizar la celebración. Al menos esto es lo que percibe la mayor parte de los fieles. Aunque esta significativa entrada procesional hunde sus raíces probablemente en las antiguas procesiones estacionales presentes tanto en la tradición occidental como en la oriental. En esas ocasiones, el obispo convocaba a la asamblea local en una iglesia (llamada “ad collectam”, de donde se deriva el nombre de la primera oración de la misa, la oración “colecta”) y desde allí, todos, la multitud “convocada”, guiada por el obispo, se dirigía procesionalmente a la iglesia “estacional”, donde se celebraba la eucaristía. El término “statio” (“estación”), designaba, en el ambiente militar romano, el puesto y el servicio de guardia que se cumplía estando bien despiertos y en pie (en latín “stare” significa “estar firme, de pie”). Ya solo esta palabra evoca aquella cena pascual que celebraban los hebreos en pie, “la cintura ceñida, los pies calzados”, las lámparas encendidas, bastón en la mano, como quienes están preparados para partir (cf. Ex 12,11).
Gracias a la reforma litúrgica, esta riqueza simbólica de la procesión de entrada encuentra una de sus más bellas expresiones en el momento de la comunión, cuando las normas rituales invitan a todos a ponerse en fila para acercarse a la mesa eucarística. Por tanto, no ya aislado, cada uno por su cuenta, arrodillados silenciosamente en la balustrada, como en otros tiempos, sino juntos, de pie y, si es posible, cantando.
No se trata simplemente de un recurso pedagógico para hacer más dinámica la misa, y mucho menos para hacerla más rápida, ágil y ordenada. Se trata de un verdadero y propio gesto simbólico que, más aún que las palabras, evoca la fundamental dimensión de éxodo, de aquel éxodo que está en la raíz misma de la Iglesia y que constituye su característica fundamental.
Desde el bautismo al último éxodo: la vida cristiana como una procesión
Ya he dicho que una larga y extendida práctica devocional ha modificado y oscurecido el símbolo de la procesión.
Por este y otros motivos muchas veces encontramos resistencia, desconfianza y escasa o nula sensibilidad hacia el gesto ritual de caminar juntos. Por ejemplo, muchos desconocen que ya en el rito del bautismo está prevista una procesión desde la fuente bautismal hasta el altar con la vela encendida. Una procesión que no puede dejar de recordar la antigua y solemne con el cirio durante la vigilia pascual, con toda su riqueza espiritual. Se trata, en efecto, de un elocuente gesto simbólico que expresa que la iniciación cristiana culmina en la celebración de la eucaristía, en la mesa de la Palabra y del Pan de vida donde sin cesar se alimenta la fe hasta el día en que –como dice la oración de entrega de la vela en el bautismo– nos presentamos ante el rostro de Dios con la lámpara encendida y el vestido nupcial.
Además, las condiciones de la vida social, especialmente en la ciudad, han deformado o incluso hecho desaparecer otra procesión no menos simbólica, que en cierto modo sintetiza todas las otras: el cortejo que acompaña al difunto al cementerio.
Hoy las procesiones, donde todavía se conservan, han perdido en gran medida, si no totalmente, su profunda y fundamental connotación cristiana. Sin embargo, tenemos que entender y, en la medida de lo posible, intentar hacerlas lo menos ambiguas posible, a la luz de las antiguas procesiones litúrgicas.
Así y siempre a la luz de aquellas procesiones originarias, deberíamos revisar todas aquellas llamadas devocionales, en honor de la Madre del Salvador o de los santos, incluyendo también la solemnísima del Corpus Christi, para poner de relieve aquello que puede y debe convertirse en símbolo elocuente y correcto de la fe de la Iglesia y eliminar aquello que impide una clara percepción del mensaje cristiano.
En síntesis, para que la reforma litúrgica llegue a ser verdaderamente eficaz, es preciso no perder nunca de vista que en la liturgia nada es únicamente funcional, sino que todo es signo, aunque a muy diferentes niveles.
Bitácoras