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Jesús, el buen sanador


01 Marzo 2025

En este domingo te presentas como el sanador de ciegos, entre los que me incluyo. Qué bien lo entendió Zacarías: “tú eres el Sol que viene de lo alto para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte”.

Gracias por venir, gracias por abrirnos los ojos y por encandilarnos. Me está haciendo mucho bien ir al Evangelio no por saber lo que dijiste ayer, sino a escuchar lo que nos dices hoy.

¡Hoy!

Qué bien me hizo escucharte la semana pasada hablándome a mí de “amar siempre”, como Dios.

Y qué bien me está haciendo es cucharte hoy diciéndome eso de la pelusa y la viga, eso de la pretensión de los ciegos de guiar a otros ciegos, eso de los frutos del árbol, eso de que “la boca habla de lo que hay en el corazón”.

Este domingo –casi pisando el Miércoles de Ceniza-, recojo tu invitación a crecer, a ser más bueno de fondo. Recojo tu invitación, al mismo tiempo que reconozco que lo tengo difícil, porque me resisto a despertar, porque contigo amanece.

Hoy tengo más claro que tu paciencia conmigo me salvará. Gracias también por eso.

¿Sabes otra cosa que me pasa?

A veces pienso que por ser cura, por haber leído muchos libros, por…, ya estoy en la luz y que yo soy el que ve y guía a la gente por los caminos de la luz. Y qué va. A veces soy un ciego más que quiere imponer a otros su ceguera.

Sólo tú eres garantía de Luz.

Sólo tú eres la Puerta por la que hay que entrar para acceder a Dios y a su Reino.

Por eso, creo que “lo mío” es buscar con la gente al único Pastor que nos puede llevar a las praderas de la vida.

¡Líbrame y líbranos, Jesús, de ser ciegos que creen que ya ven y de creernos con la misión de imponer a la gente nuestra ceguera!

¡Tú, sólo tú, eres Luz!

Dice el Evangelio que tu madre María guardaba en el corazón las Palabras que escuchaba de Dios. Yo compruebo cada día que me siento desbordado por tantas palabras que tendría que guardar para rumiar, para cuidar, para ayudarlas a crecer, porque hay tantos que necesitan una palabra de ánimo, de apoyo...

No sé hacerlo y algunas se me pierden por el camino. Por ejemplo: el Amor ha sido sembrado en mi corazón por el Espíritu. Soy huerta sembrada por Dios con la mejor de sus semillas.

¿Qué pasa con ellas?

¿Qué frutos está dando?

¿Por qué a veces lo que florecen son los cardos con tantas púas para defenderme de los demás o para atacar?

¿Si Dios me ha hecho árbol bueno, por qué doy malos frutos?

Señor Jesús, ayúdanos a encontrar la semilla buena de tu AMOR.