¡Hola, Jesús!
Qué orgullo ser tu amigo, y formar parte de los tuyos, tus amigos…
Eres lo mejor que me ha podido pasar. Me conoces como nadie, y ya me has visto recorrer la vida persiguiendo la dicha, la felicidad. Y ya sabes que ha sido un “sí, pero no”.
Ahora puedo sentir, ahora puedo decir a mis hermanos que a medida que te conozco y crece nuestra amistad la dicha, la felicidad se ha hecho más vivamente compañera de camino.
¡La felicidad de creer en Ti, amigo Jesús, y dejarme llevar por tu Espíritu al Padre misericordioso!
Hoy te he escuchado de nuevo gritar las bienaventuranzas (qué hermoso, cada vez que voy al Monte de la Bienaventuranzas, no sólo resuenan tus Palabras Señor, y a la vez, me da “escalofríos”…; ante la alegría de mis hermanas franciscanas que con tanto cariño me tratan…) que me animan a seguirte.
Y te confieso que nunca me habían dicho tanto.
Te miro, te escucho y veo en ti las bienaventuranzas cumplidas, la felicidad plena.
El “después vendrá la dicha” ya en ti se ha cumplido, como exclamaste en la Cruz, “…todo está cumplido…”.
Creyendo en el Padre Dios, ya se veía venir. Y eso tú lo tenías muy claro: Dios no falla.
Eres el pobre dichoso ¡ya!: Dios se te ha dado plenamente.
Eres el hambriento colmado de bienes, como decía tu Madre, la Santísima Virgen.
Eres el que lloró colmado de felicidad ¡ya!
Eres el perseguido sanado de sus heridas y lleno de gloria, y de eternidad...
¿Dónde están los ricos, los ladrones y explotadores de tu tiempo?
¿Dónde están los que banqueteaban espléndidamente?
¿Dónde está el zorro de Herodes o los que te condenaron a muerte?
No lo sé, ni quiero saberlo. Los confío a la bondad de Dios. Solo quiero tener ojos para mirarte, oídos para escucharte, manos para aplaudirte, corazón para agradecerte y quererte por tanto y tanto que me has regalado...
Eres el tesoro –vocación- escondido que, por gracia de Dios, encontré un día, desde la infancia en mi tierra de Olivenza, junto al fogón del milagro del arroz de San Juan Macías… –a minha terra de Olivença, das escolas de São José, junto à lareira do milagre do arroz São João Macias…-
Y aquí me tienes saltando como un chiquillo sobre una pata sola.
¡Gracias Señor!
Y ahora viene el “más difícil todavía”.
¿Qué tengo que hacer ahora que he conocido el empeño de Dios por la felicidad de sus hijos?
¿Qué tengo que hacer, porque las palabras se acreditan en los hechos, ahora que he entrado en el Reino de Dios?
¿Qué tengo que hacer en mi casa, con los amigos, en la parroquia en mi fraternidad franciscana…?
¿Qué tengo que hacer en la pequeña comunidad con la que me reúno en tu nombre?
Mentiría si dijera que lo tengo claro. Pero sí sé que es ahí donde yo tengo que hacer mi aportación, para que este mundo, que es como es, y que el Padre quiere que sea de otra manera, vaya siendo un mundo de hermanos, con todo lo que eso lleva consigo.
Mi aportación será pequeña, como la de la viuda de las dos moneditas, pero será mi contribución, lo mejor de mí mismo, lo que tú me has regalado...
Ayúdame, Jesús.
Ayúdanos, a ver y vivir las bienaventuranzas del Mar de Galilea, del Mar de la Vida de cada día.
Paz y Bien.
Bitácoras