La Constitución sobre la Sagrada Liturgia del Vaticano II, en su número 34, nos dice: “Los ritos tienen que resplandecer por la noble sencillez, ser diáfanos por la brevedad y evitar las repeticiones inútiles, han de adaptarse a la capacidad de los fieles y, en general, no tienen que precisar muchas explicaciones”
“Los ritos tienen que resplandecer por la noble sencillez”. Menciona los “ritos”, que son acciones, gestos establecidos. Pero lo que se dice de los ritos también podría decirse igualmente de todo cuanto forma parte de la liturgia: objetos, luces, vestidos, cantos, ornados, palabras, arquitectura…
Dice que todo tiene que “resplandecer”. En el original latín se usa la palabra fulgeatm que también podríamos traducir por “brille” o “luzca”. Son verbos que hacen referencia a la belleza, pues la belleza, si se nos permite la expresión un poco filosófica, viene a ser “el resplandor, el brillo del ser”. Toda la liturgia, en efecto, tiene que transparentar belleza, precisamente la belleza del misterio de comunión y de amor celebrado.
Pero lo más interesante de este texto es haber unido las dos palabras: “noble sencillez”. Porque a veces, por “noble” se entiende algo extraordinario, fuera del pueblo común, o bien algo llamativo y caro, rico e impactante; y, a la vez, por “sencillo” se entiende algo vacío, sin forma ni sentido, incluso chapucero. El texto, por el contrario, une los dos sentidos: pone “sencillez” como sustantivo, porque la cualidad más importante en todo cuanto pertenece a la liturgia es ser accesible a la gente; y a la vez añade “noble” como adjetivo, porque todo debe ser también digno de la belleza del misterio.
En definitiva, el misterio de comunión y de amor tiene su lugar adecuado en aquella liturgia que realiza la belleza del misterio en lo más sencillo. La nobleza de lo sencillo. El misterio de comunión vivido el que busca expresarse en la sencillez de las formas, incluso en la pobreza de los elementos.
Pasamos así de la sencillez de las formas (ritos, objetos…) a la humildad: la noble sencillez de la liturgia no es otra cosa que expresión de la noble humildad de la Iglesia, que vive y celebra el misterio de comunión. Una vez más, hemos de recordar que la liturgia, antes de las formas, es vivencia del misterio. La verdadera liturgia es el vestido más adecuado para esta vivencia: “como la esposa adornada para su esposo…” (cf. Is 61,10).
La sencillez en la liturgia es la compañera natural de la humildad de la Iglesia, es decir, de todos y cada uno de quienes participan en ella y de la comunidad como tal.
Hay que reconocer que la liturgia es una actividad muy tentadora para un vanidoso, un espacio muy goloso para quien le gusta exhibirse, de hecho, por propia naturaleza, es una acción pública, que además cuida las formas y trata de poner las formas al servicio de la belleza. Está por ello rozando la línea del espectáculo. Pero, también podemos decir que nada más ridículo que una liturgia cristiana convertida en espectáculo y ostentación. Eso, además de la grave ofensa, por adulteración, que tal celebración haría misterio.
Misterio que nos pide un elogio del silencio, cuando la liturgia es toda ella expresividad, lenguaje, “palabra” en sentido amplio, y comunicación. Porque el silencio también es expresión, lenguaje, palabra y comunicación; y, además, porque todo lo sensible, que la liturgia utiliza para comunicar, ha de nacer de una interioridad, que se cuece en el silencio. Puedo hacer un elogio del silencio, pero no de cualquier silencio. A veces el silencio de la asamblea, que no canta, no responde, no interviene, es un verdadero sufrimiento para el celebrante: tiene la impresión de que no hay nadie, sólo las paredes… De hecho hay silencios que provienen de la timidez (quienes tienen miedo a expresarse), los hay que son efecto de la ignorancia (no saben qué hay que decir), los hay que nacen de una disimulada “aristocracia” (responder, cantar…, sería rebajarse), los hay que se alimentan de un individualismo poco cristiano (“es mi devoción”). Estos silencios, naturalmente, no merecen el elogio a la liturgia, no tienen lugar en ella, le son contrarios, pues no sirve a la expresión y la comunicación.
En el otro extremo de los silencios negativo, encontramos liturgias que son un ruido continuo. En ellas no hay lugar para la introspección o la plegaria contemplativa. Un momento de silencio nos pone nerviosos, no sabemos qué hacer de él, queremos rellenarlo con música, un canto o palabras.
Posiblemente no hacemos silencio, porque le tenemos miedo, porque huimos de todo cuanto nos hace encontrarnos a nosotros mismos.
+ Hacemos elogio del silencio precisamente porque es condición de la verdadera comunicación.
+ El silencio nos permite recuperar la interioridad. También la interioridad de la asamblea. Desde ella comunicamos al exterior de nuestra verdad, lo que somos y vivimos verdaderamente.
+ El silencio nos ayuda a salvar la distancia entre lo que se expresa y lo que se siente dentro. Nos libera, por lo tanto del formalismo, la teatralidad, el falseamiento.
Y sobre todo, el silencio en la liturgia es el momento para la asimilación y la contemplación de aquello que se ha vivido exteriormente. La asimilación personal y la contemplación son un paso necesario para la “verdad”, la autenticidad, de nuestra liturgia. Un silencio oportuno de una asamblea en un determinado de la celebración puede ser una maravillosa expresión de que la comunidad reunida comparte un mismo corazón.
Bitácoras