Una de las preocupaciones más frecuentes entre quienes se sienten responsables de la Iglesia, es la relación que debe tener la celebración litúrgica y la vida de los fieles. Esta preocupación a menudo se formula así: “la liturgia tiene que responder a las preocupaciones vitales de la asamblea”, “lo que importa es la vida que sigue, una vez acabada la celebración”, en definitiva “la liturgia tiene que servir a la vida”.
La liturgia, ella misma, es vida, es vivencia, aunque no es lo que solemos llamar “vida ordinaria”. Es un momento especial, una especie de paréntesis, vivo y experiencial, que pretende hacernos compartir algo central y decidido: el misterio de comunión, que, eso sí, da fundamento y sentido a la vida. Bien entendido que esta vida iluminada, llena de sentido, es tanto la cotidiana, como la eterna. Así es como podemos decir que “la liturgia sirve a la vida, o sea, está en función de ella”.
Sin embargo, también tendrían razón quienes dijesen que “la liturgia no es algo útil”, porque no se puede usar para otra finalidad que no sea la vivencia del misterio. Y la vivencia del misterio no se puede instrumentalizar, no se puede “usar” para alcanzar otro objetivo que no sea ella misma. Cuando voy a un museo, miro un paisaje bonito, celebro un encuentro de amigos…, me encuentro bien, aprendo, salgo estimulad para hacer frente a los retos de la vida, despierto los mejores sentimientos en mi interior, pero no puedo decir que hago eso, precisamente para sentirme bien, aprender o animarme. Hay un montón de experiencias en la vida, que se justifican por ellas mismas y que, cuanto más elevadas, menos se pueden buscar por su “utilidad”: gozan de aquel espléndido don, que llamamos “gratuidad”. Como todo cuanto pertenece a la experiencia de amor, la liturgia es gratuidad, se vive y basta, no es preciso buscarle otros objetivos. Si lo hiciésemos la adulteraríamos, la vaciaríamos de su valor más profundo.
Por ello podemos decir que:
+ La liturgia no es “útil”, pero es absolutamente necesaria para la vida, pues no podemos vivir sin la gratuidad del amor y su celebración.
+ La liturgia no es una lección, pero es absolutamente necesaria para saber quién es el Dios de Jesucristo: experiencia antes que idea, celebración antes que reflexión.
+ La liturgia no es un rato de “pasarlo bien”, pero nos es necesario experimentar el gozo de creer y de alabar al Dios que nos ama.
No podemos instrumentalizar la celebración. Pero quien celebra la vida, fruto del amor, ¿cómo dejará de luchar contra todo tipo de muerte, causada por tanto desamor?
Cuando hablamos de “celebraciones” litúrgicas, y parecería que con esta expresión ya damos por supuesto el tono festivo de la liturgia. Nuestra liturgia siempre es festiva, incluso cuando celebramos la muerte de un ser querido…, celebramos el triunfo de la resurrección de Cristo en él. Ni qué decir tiene que esta celebración festiva es compatible con las lágrimas.
¿Cómo es posible hacer fiesta, aceptando que puede haber lágrimas? Más aún, ¿cómo celebrar festivamente aquello que es lo más serio de la vida, el sentido profundo de las cosas, la razón de nuestra existencia? Y éstas y otras muchas preguntas es preciso explicarlo, pero son preguntas que vienen de mirar la fiesta litúrgica con los mismos ojos con los que miramos cualquier otra fiesta.
Bitácoras
