¡Hola Jesús!
Hoy quiero comenzar dándote las gracias por “echarte al camino” por donde nosotros caminamos. Estás decidido a hacer con nosotros la aventura de vivir. ¡Qué bueno!
Aquí nos tienes de nuevo mirando a Belén. Pero en Belén sólo vemos figuritas de barro y tradiciones. Celebramos el recuerdo de tu nacimiento; pero, para nosotros, no naces ahora. Hemos convertido en “poesía” lo del portalito y no nos asombramos de la revelación del Dios Amor, achicado hasta lo más bajo.
Recordamos que la alegría desbordó en unos cuantos, pero esa alegría a nosotros no nos llega, no nos sale de dentro. Por eso, hemos tenido que inventarnos otras alegrías. Ya no se nos alegra la vida; nos conformamos con que se alegre el estómago. No canta el corazón entusiasmado; que, al menos, el vino nos haga cantar hasta parecer contentos.
Ay, y si miramos a Belén hoy lo que vemos es al Herodes de turno matando inocentes. Quizás nos pasa como le pasó a tu pueblo, que cansados de tanto esperar, habían dejado ya de esperarte. Quizás a nosotros nos pasa también que nos hemos acostumbrado a creer, que ya hemos dejado de creer. La rutina ha matado la fe gozosa y viva.
Jesús, qué fuerte, pero qué fuerte lo que nos dice San Juan que hacemos contigo: vienes a tu casa y los tuyos no te recibimos. Es el inmenso misterio de la inconsciencia y de nuestra libertad, ante la que te arrodillas con un respeto extremo. Vienes a “tu” casa, al mundo que has hecho y que sostienes en la existencia, vienes a nuestra vida, la que nos das y nos sostienes cada minuto.
Vienes, llamas, pides acogida y te encuentras con nuestra cerrazón más inconsciente y brutal. Nos parecemos al ladrón que se apodera de la casa ajena e impide al dueño que entre y, además, lo apalea.
Perdona, Señor, perdona a tu pueblo. Aquí quiero repetir: se te nota que eres todopoderoso en asuntos de respeto, en asuntos de amor. Y también se te nota que has aceptado que el amor te haga débil, necesitado.
Prefieres ser rechazado antes que imponerte. Gracias por esa elección.
Amigo querido, ¡cuántas navidades he celebrado sin que tú nacieras en mi vida, sin que nada nuevo y bueno se despertara en mí!
Que no me pase este año otra vez. Sé que estás dispuesto a ir a la cueva, pero…, que no sea yo el que te mande.
Quiero decirte, amigo del alma: bienvenido a casa, bienvenido a mí corazón.
AMÉN.
Bitácoras