¡Hola Jesús!
¡Hola fruto bendito del vientre de María! ¡Hola regalo de Dios para cada ser humano!
El evangelio nos invita hoy a mirar a María, tu madre querida. Y la miro. Y me pregunto cómo la mirarías tú, cómo se te agolparían los piropos y los asombros. Y es que sólo Dios y tú la saben mirar bien, y descubrir la grandeza humana escondida en aquella campesina de Nazaret, que se ve como “la sierva del Señor”.
Ya me has visto estos días (qué bueno que siempre me sigues la pista) dándole vueltas a eso de cómo me sitúo yo en el evangelio que está sucediendo a mi alrededor.
Con otros nombres, y en otras circunstancias, seguimos estando en la vida los que te buscan con sincero corazón y los que pasan de ti.
Los que se alegran de encontrarse contigo y te siguen, y los que te atacan furiosos porque les rompes sus esquemas sobre Dios y sobre cómo hay que ser. En cualquier lugar nos encontramos con los que oprimen a los pobres y con los pobres oprimidos. Por ahí transitan los Pilato, y los pobres que dan las dos únicas moneditas que tienen para seguir vivos. Por ahí siguen gritando los profetas y a nuestro alcance está la posibilidad de subir a tantos calvarios que hay en la vida de cada día.
Pero yo quiero hoy más que mirar a los demás, mirarme a mí mismo situado en el Evangelio que se escribe y sucede a mí alrededor.
¡Amigo! El evangelio es buscarte. Y creo que te busco, con ganas además, pero no sé acogerte mejor, siempre me quedo corto, tímido...
Creo, Jesús, que aún mantengo en mi poder las riendas de mi vida; y ser discípulo es poner mis riendas en tus manos.
Perdona Señor mis muchas equivocaciones…
Evangelio es poner la mano en el arado y no mirar hacia atrás. Y ese mirar hacia atrás lo hago con mucha frecuencia.
Señor me gustaría ser capaz de plantearme y plantear la radicalidad del Evangelio y luego ser inmensamente comprensivo conmigo y con los que no llegan a ese compromiso. Y eso no sé hacerlo como tú.
Me encanta esa invitación tuya a los equilibrios extremos: ser astutos como las serpientes y sencillos como las palomas. En ti lo veo y de ti quiero aprenderlo, pero estoy muy lejos, y, además, me da vértigo.
Enséñame, Jesús, a vivir a la intemperie de la confianza en el Padre.
Ayúdame, Jesús, y ayuda a los hermanos, a que vivamos nuestro Evangelio conscientemente, viéndote caminar con nosotros, escuchando tu palabra fresquita, acabada de salir del horno de tus entrañas, y experimentando en todo momento tu compasión.
Y hoy te escribo dando vueltas y ojeando cada escena del Belén que hemos instalado en nuestra iglesia, y estoy buscando cuál es el personaje al que me más o mejor me parezco...
Bitácoras
