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¡Maranatha! ¡Ven, Señor Jesús!


30 noviembre 2024

¡Hola!, amigo Jesús.

Hace un año comenzábamos el adviento. Y este domingo, 1 de diciembre comenzamos (Ciclo C) un nuevo año litúrgico con el primer domingo de adviento.

¿Por qué volver a repetir el mismo pregón?

Ay, porque no hemos aprendido la lección, porque no hemos renacido a la esperanza, porque aún no hemos decidido acogerte, gozosos, con los brazos abiertos.

Ya vez que estamos engalanado nuestros pueblos con un derroche de luces, pero no hemos engalanado nuestros corazones con el bello adorno de la acogida, el asombro, el amor y la esperanza. Perdona, Señor, pero es que no esperamos a nadie. Y, si se te ocurriera llamar a nuestra puerta, es posible que te indiquemos el camino que lleva a la cueva. Y es que estamos tan ocupados con los preparativos de la fiesta…

Estamos en un sueño profundo y ni siquiera nos llega tu grito: ¡¡Despierta!! Estamos tan embotados, tan aturdidos, tan hechos a que la vida es esto, que apenas esperamos nada nuevo.

Señor, soy consciente de que nuestras palabras son tan torpes y confusas para hablar de lo tuyo…

¿Vienes? . Pero al mismo tiempo tengo que saborear que tú Ya has venido, que en mi corazón-pesebre ya te tengo acurrucado. Creo que el Padre ya te ha sembrado en todo ser humano y que lo que necesitamos es saber, como María y José, que estás ahí y que quieres y necesitas nacer, salir a la vida que vivimos.

Creo que, para que esta Navidad sea de verdad y no sólo un recuerdo de la de ayer, lo que tiene que suceder es que yo me ponga de parto, que te deje nacer en mí, que te deje aflorar, manifestarte, y que te entregue a mis hermanos.

Así el parto de María se prolongará “por los siglos de los siglos, amén”. Que cada uno “dé a luz” a la Luz, que cada uno sea un belén vivo en el que tú puedas asomarte de nuevo y compartir nuestro vivir, nuestras alegrías y nuestras penas.

Ya sabes que para nosotros sería mucho más cómodo que te quedaras en tu cielo, que guardaras las distancias, que no puedas mirarnos a los ojos y decirnos tu palabra en directo. Así nos podríamos organizar a nuestro aire, dormir sin sobresaltos y embotarnos con cualquier tontería. Pero necesitamos, aunque nos duela, que nos digas: ¡“despierten”, “vigilen!”, “se acerca vuestra liberación”.

Gracias por venir a ponernos de pie ante el Padre.