Un nuevo Domingo, el día del Señor, tú día, el día de la Iglesia, y de todos los cristianos, y de nuevo te digo: Hola, amigo Jesús. Tú eres la Luz encendida de Dios para todos los hombres, donde no te importa ni la raza, el color, la lengua..., Tú eres de y para todos.
Dice el profeta Isaías: “A los que vivían en tinieblas y en sombras de muerte, una Luz les brilló”. Tú eres la Luz que amanece.
En el evangelio de hoy nos dice lo que le ha pasado a Bartimeo. Y yo digo, como Bartimeo, que esto me ha pasado a mí. Y sé de muchos a los que, al encontrarte, los has dejado “vivitos y coleando”. Pero somos tantos los Bartimeos…
Somos tantos los que estamos al borde del camino sin terminar de dar el salto a la vida en plenitud… Somos tantos los ciegos que nos hemos acostumbrado a la “oscuridad”… Somos tantos los que nos conformamos con el calorcito que nos dan nuestras buenas ropas –eso sí de marca-, y en la noche el edredón…, mientras, por dentro, nos morimos de frío… Somos tantos los que nos pasamos la vida mendigando una palabra, una caricia, una mano amiga, una esperanza…
Yo, amigo Jesús, soy un poco Bartimeo, y vivo entre Bartimeos.
Eso es lo que te encontraste aquel día cuando pasaste por Jericó (pobre Jericó, con más de diez mil años de historia y en medio de una guerra…, y es tan hermano el Palestino, el Israelita…, y tú y yo, buenos nosotros todos hijos de Dios).
Pero fíjate Señor, hay una diferencia fundamental. Bartimeo era un ciego que quería ver…, un aparcado que quiere volar, un mendigo que quiere dejar de vivir de lo que le dan desde fuera y está dispuesto a sacar tanto bueno que lleva dentro. Y eso, Amigo Jesús, me parece que no nos pasa a nosotros. Nos hemos resignado a lo que hay, a la mediocridad, lo bajo, lo diario, lo ordinario…, lo de “siempre ha sido así” y ese largo etc. Creo que aún no nos duelen nuestras carencias como para que gritemos y gritemos…, Jesús, hijo de David, ¡ten compasión de mí y ayúdame! Aunque nos manden callar y nos inviten a conformarnos, y decir “amén”…
Qué bueno, Jesús, saber que tú pasas por el camino de nuestra vida, por nuestro corazón, y lo triste es que cada día, cada hora, cada minuto…, pasamos de largo, sí, pasamos de largo de Ti, de la Iglesia, y de los hermanos.
Qué bueno creer que estás al alcance de todos, porque tú te metes en el camino por donde cualquier ser humano camina. Qué bueno creer que en mí, y en todos, puede suceder el Evangelio, porque tú estás ahí, dispuesto a hacerlo posible.
Hoy, amigo Jesús, quiero pedirte perdón. Ciertamente estoy en el camino, pero al borde. Tú eres el Camino, la Verdad y la Vida, nos dices, pero yo no termino de caminar contigo y como tú. No termino de entrar en el Evangelio. ¡Me lo estoy perdiendo!
Por eso, como nos decías el otro día, “me falta algo”. No me pasa aquello de la canción “de codo a codo contigo, empecé a caminar…”. Señor, dame el empujoncito, o un buen empujón… el que necesito; llámame y limpia mis ojos para que vea y para que te vea. Sí Señor, que te vea en mí, en los otros, en la creación…, sí como San Francisco de Asís en el “Cántico de las criaturas” (por cierto en 2025, celebraremos los 800 años de cuando el Poverello di Assisi lo escribió: “Altísimo y omnipotente Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición… Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas…, el hermano sol, la hermana luna y las estrellas…, y el hermano viento y por las nubes y el cielo…, y por el hermano fuego…, y la hermana y madre tierra, y las flores de color… Y por lo que perdonan…; bienaventurados los que vivan en paz, porque de ti, Altísimo, coronados serán. Que todos alaben y bendigan a mi Señor y denle gracias y sírvanle con gran humildad”)
Y esto quiero pedírtelo para mis hermanos y para la Iglesia toda: Que, ¡por fin!, amanezca el día nuevo para todos, que entremos en el Evangelio.
Y que suceda esto tan lindo en ti, en mí, en nosotros…
Gracias Señor.
Bitácoras