Señor, ¡buenos días!, aquí me tienes leyendo, reflexionando, meditando el evangelio de este domingo con San Marcos 4, 35-40, y en 6 versículos, pones todo el interés en la barca de la vida y me dices: “Vamos a la otra orilla”, y Tú te empeñas en decirme una y otra vez: “Rema mar adentro”…, y yo pienso en el bueno de Pedro, en los otros apóstoles, y Tú, disculpa pero erre que erre…, me lo dices a mí: “rema mar a dentro”, y yo con mis historias, asuntillos, problemillas, y ese largo etc, me hago el sordo, y pienso y digo: ¡anda díselo a Pedro!. Y así voy un día y otro.
Te confieso Señor, que sé que aún estoy muy lejos de esas orillas en las que Tú te mueves con tanta soltura, y me pregunto: cómo son esas orillas, y Tú me respondes que son las orillas de Dios, las orillas de la vida, las orillas de la confianza, las orillas de la esperanza, las orillas del amor… Y sé que voy muy despacito, un poquito hoy, y bueno mañana otro poco…, y no porque el Espíritu no sople fuerte, sino porque tengo aún las velas plegadas sobre mí mismo, estoy aún en mi “caparazón”. Pero voy, ya sé, voy y a veces muy lento…, y además soy consciente, sí, muy consciente de que Tú vas conmigo. Y quiero todos los días decir ¡gracias!, pero pasa un día y otro, y al final nunca te lo agradeceré como te mereces.
Y ahí están también los temporales, los de fuera y los de dentro, porque vaya temporal que atravieso…, un día de una manera y otro de otra, pero siempre metido en mi “temporal”, y a veces, busco mi “temporal”, no sé, si para entristecerme o dar lástima a los otros. Ahí están las dudas, las decepciones, los fracasos, los miedos que me hacen huir..., y tantas realidades. Ahí están las preguntas sin respuesta, los problemas sin solución...
Eso sí, voy intentando crecer en la confianza de que Tú eres mi compañero en esta travesía de la vida, pero a veces, lo olvido, ¡te olvido Señor! También como a los buenos de los apóstoles me pasa eso de la sensación de que Tú duermes a “popa” mientras que nosotros pensamos que nos hundimos, y es que hay días que mejor que no amanezcan, por todo se hunde en mí entorno. Pero voy aprendiendo a decir: “Tú sabes lo que haces, yo no”. Y, con mis titubeos, dudas y miedos, termino diciendo: “me fío de ti, Señor”.
Y hoy te escucho y hasta me entra tristeza al oír tu pregunta: “¿Por qué estás tan asustado? ¿Aún no tienes confianza en mí?, me veo sí, asustado, inquieto y preocupado de cómo van las cosas en la Iglesia –la tuya, la mía, la nuestra…, y es que quiero tanto a la Iglesia, así me lo enseñó el Seráfico Padre San Francisco de Asís: “…delante del crucifijo de San Damián, era saber la voluntad de su Dios. Y oyó maravillado estas palabras de Cristo: «Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, se viene del todo al suelo» (2 Cel 10; LM 2,1). El joven se levantó y puso sus manos a la obra, “restaurar la iglesita de Santa María de los Ángeles…”,
Señor, ésta es la que quiero tanto, y ésta, es la hoy también yo debo restaurar-, y también me preocupa el mundo, de cómo van los hermanos, de cómo voy yo. ¿Por qué estoy asustado? Porque no termino de confiar.
¿Por qué pierdo la paz?
Pero lo cierto es que tengo tantos motivos, razones…, para saber que te importamos, ¡Señor que te importo!, que quieres lo mejor para cada uno de nosotros…, y hoy en particular me dices en la “barca de la vida”, que te importo, que me quieres…
Siento confianza, en ti lo primero, y se me ocurre pensar que quizás no dormías porque tuvieras sueño, sino para que tus discípulos despertaran la confianza en ellos mismos y en ti. Confiar en Dios incluso sin el milagro que solucione el problema.
Ya ves que “el truco” no te funcionó con ellos ni te funciona con nosotros, pero lo sigues intentando. Tus “silencios” de ayer y de hoy son un grito, una invitación, un aliento: “confía en mí”, y no en lo que ves.
Y de nuevo desde “Popa”, nos dices: “…os quiero, os cuido… y ninguno se perderá”.
¡Y dichoso el que confía en ti! Podrás vivir la vida con esperanza, podrás vivir los problemas sin hundirte. Podrás seguir tu camino: “…hacia las orillas del Evangelio”, sabiendo que has encontrado el tesoro escondido, ¡El Señor!
¡Yo confío en ti Señor!
Sabes Señor, que poco a poco descubro, que la vocación que me has dado, no es para mí, sino para el Reino de los cielos.
Francisco M. González Ferrera, ofmBitácoras
