Bienvenidos al iniciar un nuevo año litúrgico, un nuevo ciclo…, y en las próximas semanas, la liturgia, la predicación, la catequesis…, hablarán de esperanza… El tiempo Adviento, tiempo de esperanza, que se nos presenta o combina una triple mirada. Contempla en primer lugar el gran acontecimiento de la encarnación del Hijo de Dios, la gran visita de Dios escondido y revelado en nuestra carne humana. Y en cuanto tal, el tiempo de Adviento, en sus textos, oraciones y ritos, es memoria gozosa y agradecida. En segundo lugar, el adviento contempla el acontecimiento de la Parusía; y lo ve no como un hecho que la historia retrasa indefinidamente, sino como una presencia que se va revelando y anticipando en el presente. La Parusía que esperamos viene como novedad, como sorpresa, como acción del Espíritu en nuestro espíritu. Y en este sentido la Iglesia vive la espera y la vigilancia.
En tercer lugar, las celebraciones del tiempo de Adviento realizan el encuentro de la Iglesia con el mundo en el tiempo actual. Se trata de un encuentro sacramental y práctico, místico y profético. La Iglesia anuncia la esperanza de la pascua del mundo; la celebra y la anticipa; la testimonia en la forma de vida de las comunidades que se sienten peregrinas del Reino. Ante las promesas de Dios la actitud correspondiente es la esperanza activa, confiada y agraciada... El futuro del reino de Dios hay que esperarlo como una madre espera a su hijo. El futuro del reino pasa por los dolores del parto. La esperanza cristiana es como una hoguera ardiente: esperanza cierta, temblorosa, invadida por la oscuridad y por la luz. Jesús resucitado es esperanza para todos. "Jesús nos muestra el camino, no el camino de la otra vida, sino de la vida (otra) distinta, de una cierta calidad de vida posible". La esperanza en las promesas de Dios confiere la medida adecuada de la vida presente.
Una esperanza liberadora que nos libera de la absolutización del presente como si fuera ya total y definitivo; en realidad es un presente provisional... La vida no puede reducirse a consumir el presente. Cristo resucitado es la anticipación y la garantía del Dios todo en todo. La esperanza en la resurrección hace histórica la historia. Sitúa a los seres humanos en estado de peregrinación y de éxodo, que es algo muy diferente que ser vagabundo o nómada. Éste se mueve en el tiempo sin metas, sólo por el placer de moverse y cambiar. La esperanza nos otorga capacidad de “protesta” en nombre del futuro. ¿Protestamos de qué, de quién y a quien…, cómo es tu protesta, cómo es la protesta de tu hogar, de tu familia, de tu corazón…?
La esperanza nos libera de todo tipo de esclavitud, de pesimismos, de impaciencias... Y nos recuerda que la salvación es “gracia”, que no nos salvamos por nosotros mismos…, sino que somos salvados por iniciativa de Dios, por pura “gracia”. La esperanza existe como regalo. La vida está siendo recibida.
La esperanza potencia la responsabilidad de crear el futuro; impulsa a descubrir el futuro lleno de posibilidades allí donde aparentemente no los hay. La esperanza crea fortaleza... El ser humano vale por sí mismo; no es instrumento ni material de construcción de ningún paraíso. Está destinado a la vida eterna. Tiene fin en sí mismo. No se trata de forzar los ritmos de los tiempos y tratar de imponer los cambios o reformas para el futuro. En manos de los milenaristas y utópicos lo mejor puede convertirse en lo peor; el intento de nueva civilización puede terminar en la mayor barbarie.
La esperanza en las promesas de Dios implica rebelión y rebeldía frente a los signos de desesperanza. Es fortaleza y capacidad de configurar el futuro. "Los jóvenes se cansan, se fatigan; los valientes, tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahvé, él les renueva el vigor, les da alas de águila. Corren sin fatigarse y andan sin cansarse" (Is 40,30-31).
El mundo de las promesas de Dios está realizándose en la historia, y esperanza creativa; el reino está llegando, está viniendo a nuestra historia personal y colectiva. Y, a la inversa, la historia está haciéndose historia de salvación; no sólo para los que se van salvando, sino para la historia en cuanto tal. La historia entera está ya Cristo-finalizada; tiene una finalidad y tendrá un fin; está ya en la cuenta atrás. Y en esta etapa, la esperanza ilumina y sobrepasa la realidad de la muerte, de la misma manera que ilumina y trasfigura la negatividad de la vida y el dolor de la historia.
La esperanza, en este contexto, no puede ser solamente interpretativa y contemplativa; es luchadora y transformadora de este mundo..., hay semillas de esperanza, semillas de futuro.
Es necesaria la pregunta: ¿qué clase de futuro queremos? ¿A qué futuro queremos ir? ¿Cuáles son nuestros sueños y utopías? ¿Han muerto o, en realidad, sólo han cambiado de semblante y de lugar? ¿Cuál será el futuro que esperamos? …
Adviento: ¡Marana tha! ¡Ven, Señor Jesús!
Francisco M. González Ferrera, OFM
Bitácoras