Ocurrió no hace más de un mes. Sin querer extenderme en los detalles, simplemente diré que hubo un encuentro de frailes encargados de la Pastoral Juvenil Vocacional en España, Portugal e Italia en Madrid.
Llevábamos ya dos días de encuentro, y, aunque algunos “chapurrébamos” el italiano y el español, nos dimos cuenta que nos entendíamos bastante bien en nuestros idiomas de origen.
Después de algunas sesiones de trabajo, dimos un paseo. De hecho, el episodio que quería compartir sucedió en una tienda de recuerdos de Madrid. Nuestros hermanos italianos querían llevar algún souvenir a sus fraternidades y entramos en dicha tienda. Quizás parezca irrelevante, pero vestíamos nuestros hábitos franciscanos. Y no lo voy a negar, parecía de estampa el ver entrar a unos 8 frailes con sus hábitos marrones dentro de esta tienda.
Mientras que ellos buscaban qué comprar, los hermanos españoles nos quedamos en la puerta conversando, hasta que se acercó una de las dependientas.
- ¡Ay, qué bien! ¡Vosotros habláis español!, ¿verdad?
Éramos un gallego, un madrileño, un andaluz, un extremeño y un portugués. Pero sí, hablábamos español.
- Es que… (empezó a emocionarse), me habéis recordado un momento importante de mi vida…
La muchacha empezó a contarnos que había padecido un tumor cerebral cuando estaba en Latinoamérica, y cómo un franciscano de su tierra le había ayudado a vivir y superar esos momentos difíciles. Llevaba poco tiempo en España y estaba todavía un poco desubicada, y estaba pasando por otro momento difícil (no nos dio más detalle), y llevaba tiempo pidiéndole a Dios que le ayudara. Y había sido gracias al vernos entrar con nuestras risas, nuestros hábitos y nuestros gestos cómo le había dado un vuelco el corazón y había sentido las ganas de volver a llamar a este fraile de su tierra. Había sido una respuesta a su petición. Necesitaba de los frailes, porque sabía que en ellos había encontrado consuelo, fortaleza y acompañamiento. Decía que con nuestros hábitos franciscanos y con la alegría con la que habíamos entrado, habíamos sido una señal de Dios.
Igualmente le dijimos dónde estábamos en Madrid por si quería estar en contacto con los frailes de aquí. Y nos despedimos, ella entre lágrima de agradecimiento y nosotros con una sensación de haber hecho algo bueno sin buscarlo ni merecerlo.
Con esto, no voy a concluir de la importancia del hábito franciscano en nuestras vidas, pero sí el ser conscientes de la importancia que tiene ser testimonio allí donde vayamos. Un simple gesto, una simple sonrisa, un simple “buenos días”… puede ser para muchos la señal o respuesta que los demás esperan de Dios.
Como decía san Francisco: “Ten cuidado con tu vida, quizás sea el único Evangelio que muchos vayan a leer”.
Bitácoras