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Soy misionero…


28 Marzo 2023

Es cierto que aún no soy merecedor de este título, porque, como dice un querido hermano, para “graduarte en misionología, debes estar, al menos, 3 años en un lugar de misión; mientras que para doctorarte son necesarios unos 6”. No sé si algún día llegaré a graduarme, pero de lo que si estoy seguro es de intentarlo en cada momento en el que tengo la oportunidad y dar pequeños pasos. Cada día voy conociendo un poco más de esta realidad en la que Dios ha querido que esté. Y cada día estoy un poco más cerca de decir que “soy misionero”.

El pasado mes de febrero, el Vicariato de Requena celebró su primera Asamblea Vicarial con el nuevo equipo de gestión, equipo compuesto por un nuevo Obispo, una psicóloga, un ecónomo y un nuevo encargado de vocación y medios de comunicación... Todos nuevos en el Vicariato, pero ninguno residentes en él.

A la hora de viajar a Requena, donde se celebraba la Asamblea, los más alejados éramos los chicos de Contamana, la hermana Yolanda, una religiosa de la Doctrina Cristiana, Andrés Avelino un laico y candidato al Diaconado permanente, y dos religiosos, el hermano Antonio José y este que os escribe. Por el camino, en Orellana, recogimos a dos religiosas de La Natividad, o “darderas”, las hermanas Olga y Victorina.

De Contamana a Requena hay más de 17 horas de viaje por el río (ya dije en otro escrito, que aquí, las distancias no se miden en kilómetros, sino en horas). Diecisiete horas metidos en un "rápido" (como en la foto) con todas las comodidades e incomodidades que ofrece este medio de transporte.

Nuestra llegada a Requena no fue como nos lo imaginamos, no había nadie esperándonos. Menos mal a la secretaria de la parroquia, que vio un grupo extraño de personas en la puerta, se acercó y nos pudo atender, y después de dejar las cosas en las habitaciones, tuvimos que buscar un lugar donde poder comer algo. Lo que se nos decía en un mensaje de wasap es que la Asamblea comenzaría con la Eucaristía del 21 en la tarde y a continuación la cena… pero no fue así. Hasta la mañana siguiente no tuvimos “la suerte” de encontrarnos con el nuevo obispo y su equipo.

Los días transcurrieron con total normalidad. Para mí, que era el nuevo, todo resultó normal. Demasiadas charlas, muy pesadas y muy largas, con nada de tiempo para dar un paseo, descansar y conocer Requena. El nuevo equipo gestor aparecía como por fascículos; en muy pocos momentos se mezclaron con los auténticos misioneros, hermanas y hermanos que llevan muchos años entregando sus vidas por esta porción Iglesia, situada en el Vicariato de Requena y que la conocen muy bien.

Después del reparto de diplomas de agradecimiento y una ovípara comida de despedida, tocaba despedirse y volver a nuestros lugares de residencia. Los de Genaro Herrera fueron los primeros en viajar, son los que están más cerca; luego el hermano de Flor de Punga, que después de un viaje en “peque-peque” de nueve horas, llegaría casa con su familia; y por último los de Juancito, Orellana y Contamana. Los de Requena, al ser de la misma ciudad de Requena, llegaron pronto a sus casas.

El viaje de vuelta fue otra cosa. El nuevo equipo gestor nos concedió el favor de volver en el deslizador del pedagógico pilotado por el intrépido Rómel, debido a la mala conexión de rápidos entre Requena y Contamana, así que el lunes 27, a las 5.30 de la mañana partimos junto al puente de Tarapacá de Requena camino a Juancito, nuestra primera parada para dejar al hermano Ricardo.

Llegamos a la hora prevista. Tuvimos oportunidad de conocer unas de las parroquias de misión que tiene el Vicariato. El hermano Ricardo regresaba a su “casa” después de unas merecidas vacaciones. Aprovechamos la media hora de descanso para comer un riquísimo “juanes” y pronto nos volvimos al puerto para retomar nuestro viaje de vuelta, que sería hasta Orellana, y allá, los chicos de Contamana, se embarcarían en el rápido que pasa por la noche, y así, a eso de las 2.30 de la madrugada del martes, llegar a nuestras casas y descansar después de un largo viaje.

Pero “el hombre propone y Dios dispone”, porque  “Vuestros caminos no son mis caminos” (Is 55,8). A medio camino entre Tierra Blanca y Orellana, en uno de los “atajos” que el Río Ucayali va creando a medida que crece su caudal, el motor del deslizador se rompió… literalmente murió. Y ahí quedamos tirados, en medio de aquel brazo de agua a merced de la corriente. Decir que para ir a Requena vamos de bajada; mientras que para volver a Contamana, se va surcando el río, vamos “subiendo”, a contracorriente.

Y ahí estábamos los 6 misioneros y Rómel, que se conoce el río mejor que la palma de su mano, a merced de la corriente en sentido contrario a nuestro destino, sin motor y sin cobertura en los móviles.

Suerte que en ese “atajo” hay dos comunidades, Grau y Atenas. La corriente nos arrastraba hacia la comunidad nativa de Atenas, donde quizás (y sólo quizás) podríamos encontrar alguna “rayita” de cobertura en el móvil y mandar un mensaje de auxilio. Tocaba remar. Y “los navegantes del evangelio” (ese es el nombre que elegimos en los trabajos de grupo en la asamblea) se pusieron a remar. Primero fue Andrés y luego Antonio, para llegar, antes de que nos pillara la noche, a la comunidad de Atenas, y allí ver qué se podía hacer. El último tramo de remo lo hizo Rómel que llevó el bote y a los 6 misioneros hasta un lugar seguro.

Allí encontramos un pequeño trozo de tierra, minúsculo, justo a la orilla, donde había una rayita de señal. Y se aprovechó para llamar a las hermanas de Tierra Blanca y contarles lo sucedido. Pero la rayita se fue tan pronto como vino. Mientras, la hermana Olga, Yolanda y Rómel, preguntaron entre las pocas familias de aquella comunidad a ver si nos podían remolcar hasta Tierra Blanca. Y a la tercera fue la vencida. Un señor, con su señora, se ofrecieron a remolcar, con un “peque-peque”, el deslizador con los misioneros y Romel. Fueron dos horas por el río camino de un puerto seguro en el que pudimos refugiarnos y buscar una solución.

Los misioneros fueron acogidos por las hermanas “darderas” de Tierra Blanca y Rómel quedó en pasar la noche en el deslizador, para evitar robos y demás. La idea era, los misioneros subir en el próximo rápido camino de Orellana y de Contamana y nuestro “capitán” Romel ser remolcado por una lancha hasta Requena. Esa era la idea. Pero en el rápido que debía pasar por Tierra Blanca y recogernos no había sitio y la lancha tardaría un par de días. Tocaba dormir y esperar.

Al final cada uno volvió a su lugar de origen. El que peor lo tuvo fue Rómel, que tardó dos días y dos noches en llegar a Requena. Decidimos que me quedaría unos días en Tierra Blanca para atender a las hermanas que tenían visita importante.

Esos días sirvieron para conocer otro lugar de misión y el gran trabajo que hacen tres hermanas misioneras, Inés, Patricia y Amanda. Es un pueblo que no tiene electricidad. Cada familia tiene un pequeño generador alimentado con gasolina. Un lugar ideal para el silencio, el encuentro y el Encuentro.

Finalmente, casi dos semanas después, llegué a casa. Han sido unos días para conocer, reflexionar y agradecer.

Conocer a gente maravillosa. Personas que han dejado tierra, familia y hasta parte de sus vidas, para entregarla en estas tierras. Conocer una porción de la Iglesia de Dios, con una gran extensión geográfica, que necesita de personas como los misioneros y misioneras que nos hemos encontrado en Requena.

Reflexionar que, como casi siempre ocurre, cuando se cambia de gobierno, o se cambia de Papa, o de obispo, el pueblo llano parece ir por otro camino. Es el pueblo, los hermanos y hermanas misioneras, quienes mejor conocen esta tierra de misión que es el Vicariato. Son ellos quienes son capaces de descubrir el Reino de Dios entre las gentes que pueblan este hermoso lugar porque caminan a su lado, porque se embarran con ellos, porque lloran con ellos, porque ríen con ellos, porque celebran con ellos, porque parten el Pan con ellos…

Reflexionar que para conocer algo, no basta con preguntar a este o aquel. Para conocer bien la tierra, debes meter los pies en ella, mancharte de barro, herirte con sus piedras, acariciar cada flor, cada árbol, cada rostro de cada niño, mezclarte con sus gentes, dejarte llevar por la corriente (aunque no sepas dónde te lleva), y dejar que esta tierra te hable, y tú, solo escucharla, porque sólo así la puedes amar.

Agradecer tanto bien como recibo cada día. Agradecer cada rayo de sol, cada brizna que refresca el calor sofocante del mediodía, cada canto de los miles de pájaros que se pasean a tu alrededor; agradecer la atención de esa hermana mayor que solo quiere lo mejor para ti; agradecer el silencio; agradecer la labor de tantos hermanos que han dado su vida por hacer un poquito más feliz la vida de toda esta gente; agradecer a Dios por haberme regalado esta oportunidad…

Loado seas, mi Señor, por todas tus criaturas…

Fray Francisco Miguel Antequera, ofm

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