Es algo que estaba buscando desde hace mucho tiempo, con varios intentos, antes incluso de la unificación de siete de las nueve provincias franciscanas de España. Y por fin llegó, no me lo creía.
A pesar de ser algo buscado y deseado, porque hay una llamada que no sé explicar de ese Dios que me empuja, envía, lanza… uno no cae en la cuenta de lo que significa ese cambio hasta que lo ve reflejado en un papel, en el que se me envía a una misión nueva, a una MISIÓN con mayúsculas.
Es en ese momento cuando empieza todo un proceso de reconversión, todo un proceso de reconfiguración, todo un proceso de reestructuración, de estar “con el corazón vuelto al hacia el Señor”, como quería San Francisco.
Lo peor de todo este proceso, sin duda, fue (y sigue siendo) la familia, que desea tenerte cerca (aunque nos veamos de pascuas a ramos…), pero más o menos cerca… Después vienen los amigos, los verdaderos amigos, que también cuesta “dejarlos”, porque son tus amigos. Y, por último, cuesta reconfigurar de nuevo tu vida, teniendo en cuenta que no es un simple “cambiar de convento, de ciudad, de tarea, etc.”, como otras veces me ha sucedido, sino que se trata de un cambio algo más serio.
“Sal de tu tierra, de tu parentela y ponte en camino hacia la tierra que yo te mostraré” (Gn 1,12)
En un primer momento, cuando caes en la cuenta del cambio al que te enfrentas, son muchas las ideas, son muchos los pensamientos que se pasean por tu mente, y sientes un vértigo que no puedes describir, un temor y temblor que se apodera de ti cuando le prestas atención. Vértigo, que, con el paso de los días, va mitigándose pero que ya ha dejado alguna pista de por dónde debes dirigir ese nuevo proceso al que debes hacer frente. Es, en definitiva, matricularse en la escuela de la confianza.
Este vértigo se intensifica cuando tienes que contárselo a quienes más quieres y más te importan, empezando por tus padres y tus hermanos, la familia, los frailes y los amigos. Y, sin entrar en detalles, te encuentras con reacciones de todo tipo, caras tristes con alguna que otra lágrima, sonrisas de alegría, miradas agradecidas, voces de asombro, pero, sobre todo, me desborda el recibir con un apoyo incondicional, percibes que te quieren, tanto y tan bien; que son generosos al dejarte alejarte porque perciben que no es cosa tuya, es del:
“Espíritu que sopla donde quiere” (Jn 3,8)
¡Gracias a todos y gracias a Dios”.
Una vez superado el vértigo, viene el “qué llevar”, Y aquí sí que se da un gran galimatías. En un primer momento te crees “el salvador de aquellas gentes”; luego aparece la pura realidad y por último la sensatez. Y ahí es cuando empiezas a “hacer las cosas bien”; especialmente cuando escuchas a otros hermanos que han pasado por el mismo proceso y te dejas aconsejar… El Maestro, Jesús de Nazaret, el primer misionero, dijo a sus discípulos “no llevéis alforjas” (Lc 10,4) y un poeta añadió: “el Reino de Dios está donde lleguéis porque el Reino os espera al regreso”.
Y de repente estás delante de una mochila (marca Queshua) de 70 litros de capacidad en la que debes meter todo lo que vas a necesitar para los próximos 3 años. El resto de las cosas que has ido acumulando durante 20 años como fraile, deben quedar guardadas en un trastero, y que, gracias a una buena amiga, quedarán a buen recaudo. Gracias a Dios uno no es de guardar muchas cosas, por aquello de “y no queríamos tener más”, pero, aun así, toda la ropa de invierno y los libros que uno utiliza para sus cosas, ocupan un volumen de dos baúles de resina de jardín… pero me llevo tanto cariño y voy con Dios que va siempre por delante.
En una mochila grande, que no debe superar los 23 kg, y otra más pequeña, que te permiten subir a la cabina, debe caber todo lo necesario para tu nueva vida. Y aparecen los nervios. Nervios por estar ya donde debes estar; nervios por empezar ya con la nueva vida. Estos nervios desaparecen cuando estás en el aeropuerto delante de la chica (que por cierto es china) que te factura la maleta y te da la tarjeta de embarque, todo esto en un español con acento chino. Y aparecen otros nervios.
Aparecen los nervios de si el avión va a poder con tanta gente como está subiendo, con sus respectivas maletas. Pero estos nervios también desaparecen pronto. Y te quedas dormido. Y entre película, comida, siesta, otra película, te levantas al baño, una serie, la merienda, otra siesta… han transcurrido las once horas y media que dura el vuelo. Y el piloto, el comandante Manuel, te avisa que empezamos a descender para tomar tierra en Lima; y empieza a darte datos del clima, la hora y demás que tú no oyes, porque estás muy ocupado pensando entre si irá bien o no el aterrizaje, las ganas que tienes de salir de ese sitio después de tantas horas, si habrán o no perdido tu mochila (de 20.800 gr).
Y todo acaba cuando ves al fraile (fray Luis Rafael) que, con su hábito, ha ido a recogerte al aeropuerto internacional de Lima Jorge Chávez, y de alguna forma, te sientes como en casa. Y uno se relaja y puede descansar, aunque solo sean por unas horas, porque es ahora cuando, de verdad, comienza tu nueva vida.
Y aquí me encuentro, en una habitación del Convento de Los Descalzos de Lima (fundado por San Francisco Solano, fraile franciscano y español) a la espera de tramitar los documentos necesarios para la residencia en estas tierras peruanas.
Este es el comienzo de mi nueva vida, que no sé lo que durará, y que pretendo contarte. Serán “Palabras para compartir un camino” “Desde otras tierras”.
Fray Francisco Miguel Antequera Ortega
Bitácoras