Los proyectos pastorales han de estar sostenidos en una rica espiritualidad, que nos ayude a discernir los criterios pastorales y opciones desde donde hemos de desarrollar la misión, evangelizadora y universal, que nos encomienda el Resucitado: «… Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos… y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cfr. Mt 28,16-20).
Los criterios y opciones quieren ser abiertos para todas las personas, adaptándolos a los distintos lugares, tiempos y culturas. Aunque los apliquemos localmente, aspiran a ser globales:
— Espiritualidad de lo frágil, menor, pequeño y sencillo. La lectura orante nos señala el camino de la minoridad: «porque ha mirado la humillación de su esclava» (cfr. Lc 1,46-48). Muchas de nuestras comunidades viven lo pequeño en lo cotidiano, con la grandeza de saber que «se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador» y nos impulsa a vivir desde una actitud de servicio humilde, como el grano de mostaza —dejado en tierra da fruto abundante (cfr. Mc 4,26-29), si bien es la más pequeña de las semillas—, y que nos hace ver serenamente lo que acontece desde una mirada samaritana, misericordiosa y sensible hacia los que no cuentan, percatándose de las personas más desfavorecidas, al modo de Jesús: «El cual, siendo de condición divina, tomó la condición siervo pasando por uno de tantos» (cfr. Flp 2,5-8).
— Espiritualidad de la encarnación. Tomar la condición de persona humilde es despojarse de todo poderío, gloria y honor. Es no buscar ni el éxito, ni el brillo, ni la comodidad, ni el placer; sino el servicio desinteresado y gratuito, compasivo y lleno de ternura. Conocer la mirada de aquellos que viven junto a nosotros, pero en los márgenes de la historia como el pobre Lázaro; tantas personas que viven en barrios pobres, en el mundo rural, en los pueblos despoblados… Es una llamada a enraizarse con la gente sencilla, conociendo y generando confianza, para acompañar y compartir vida y misión. Estamos llamados a ser fermento, luz y sal de esta tierra, y responder a la llamada de Vida a la que somos invitados…
— Espiritualidad de discípulos/as misioneros/as. Esto es vivir vocacionalmente la llamada del Señor que, porque nos ama incondicionalmente, nos envía a la misión para ser sus testigos. Nos invita a crear relaciones nuevas: en primer lugar con Él, dimensión orante y contemplativa, y en segundo lugar con las personas abiertas al Misterio de Dios y de los hombres. Esta apertura nos lleva a vivir una formación, sostenida y fundamentada en la Palabra de Dios, que nos ilumina el proceso clarificador de que somos enviados a anunciar el Evangelio, y testimoniarlo con obras y palabras, siendo «fray ejemplo» del Señor muerto y resucitado para nuestra salvación.
— Espiritualidad del encuentro. Valorar todas las realidades señaladas es apostar por vivir el Evangelio desde una pastoral del encuentro; de estar en los areópagos de las plazas, donde podemos cuidar y sostener relaciones personales, desde la cercanía y la escucha serena. El encuentro ayuda a crecer en amistad, al tener contacto diario y reconocer la riqueza del otro; favorece el compartir la vida sencilla, desde una relación cercana y personal…: «a vosotros ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos» (cfr. Jn 15,15). Esta espiritualidad del encuentro apuesta por aportar vida a la familia, generando lazos de amistad y de crecimiento fraterno.
— Espiritualidad transformadora e implicativa en lo social. La fe sin obras es una fe muerta, por eso es condición de vida poner en obra las Bienaventuranzas del Reino (cfr. Mt 5): los pobres, los que lloran, los que sufren, los que trabajan por la paz…
Los procesos y las opciones pastorales se llevan a efecto por medio de las acciones concretas y progresivas, desde lo sencillo, paso a paso, cada uno a su ritmo y en su propio momento histórico. Estas implicaciones sociales han de generar esperanza al ser instrumentos de extensión del Reino de Dios y su Justicia. No podemos dejarnos llevar por las personas ácidas, pesimistas y desanimadas, porque frenan el proceso de saber que todo es posible para aquel que cree, espera y ama.
— Espiritualidad de comunión y misión. Todos en la comunidad debemos sentirnos involucrados, como hermanos de una misma fraternidad que vive la comunión en las relaciones, tareas y ministerios que realizamos juntos, según la vocación a la que Dios nos llama, pero en una armonía discipular de comunión y misión. Los dones que recibimos no son para guardarlos, sino para ofrecerlos, descubriendo carismas que el Espíritu regala para bien de los hermanos y de la comunidad. Todos los cauces deben confluir en el mismo río —desde los distintos canales por donde circula en la vida—, hasta desembocar en un caudal que todo lo canaliza hacia la unidad, porque todos vamos en la misma barca conducidos por el mismo barquero que lleva hacia el Faro que todo lo ilumina.
Desde la espiritualidad de san Francisco de Asís,
como guía para la misión evangelizadora y universal,
definida como fraterna, pobre y sencilla, pacífica y reconciliadora.
Severino Calderón Martínez, ofm
Bitácoras
