Desde 2023, la familia franciscana viene conmemorando, en distintas etapas, el octavo centenario de algunos episodios de la vida de san Francisco, y este año celebra el VIII Centenario del Tránsito de San Francisco de Asís. A lo largo de este camino hemos celebrado:
— en 2023, la aprobación de la Regla de los Hermanos Menores y la Navidad en Greccio (1223);
— en 2024, la impresión de las llagas (estigmas) en su cuerpo (1224);
— en 2025, la composición del Cántico de las criaturas (1225) y,
— finalmente, en 2026, celebramos el tránsito de su muerte (1226).
Estas etapas nos han refrescado el carisma; hemos profundizado como familia en aquello que nos une y hemos visibilizado el tiempo sinodal, en el que nos ha iniciado el papa Francisco a toda la Iglesia.
El papa Francisco nos ha recordado que san Francisco de Asís es de todos (cf. Fratelli Tutti, 2) −el mismo pontífice se ha puesto este nombre para acercarse más al Evangelio− y que todos, ¡todos!, estamos llamados a formar fraternidad de hermanos (cf. ibid. 8), donde escuchemos la Palabra de Dios y nos escuchemos como fraternidad en el Espíritu, para discernir los signos de los tiempos, comprometiéndonos en la construcción de un mundo en Justicia, Paz, Salvaguarda de la Creación, acercándonos al Señor y a toda su obra creadora.
Francisco de Asís estuvo más de 5 años para afrontar un nuevo modo de ser en la Iglesia y para la Iglesia, desde la comprensión del santo Evangelio para convertirse en un adulto cristiano, tarea ardua de realizar no sin la fuerza del Espíritu Santo: «… y lo que me parecía amargo se convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (cf. Test 1-5). Entre los leprosos encontró el horizonte máximo, el nacimiento nuevo de Dios: su misericordia entrañable y a Jesús pobre y crucificado. Desde este encuentro inició una nueva lógica a seguir el santo Evangelio: «Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco; esto es lo que, en lo más íntimo del corazón, anhelo» (cf. 1 Cel 22). El Pobre de Asís en sus oraciones habla con Dios de modo afectivo y poético, lúdico, vital y popular del Evangelio; por eso su oración no se acaba en Dios sino que, sabiendo mirar, en todas las criaturas puede encontrarlo: «¡Dios mío y mi todo!» (cf. Flor, cap. 2), o sea que la oración parte de Dios y se prolonga, reconociéndolo en la creación. A través de la escucha, el diálogo, la acogida… encuentra el camino para ser un verdadero hermano menor. Su estar y caminar ante Dios le convierte en profeta de la paz y la reconciliación, siendo audaz en su vivencia del Evangelio vivido a la letra y sin glosa.
Lo primero para el Hno. Francisco no son los valores, ni el compromiso, ni la moral…; sino el encuentro personal con el Dios revelado en Jesucristo −en el santo Evangelio−, en la vivencia del encuentro del yo y del Tú. Hoy se nos invita a iniciar un proceso de vivir desde el propio ser, en la realidad desde donde construimos la vocación original a la que hemos sido llamados. Se trata de vivir la vida desde dentro, dialogando con todas las criaturas e invitándonos a recuperar el sentido a través de la atención, el silencio, la belleza, el arte y la espiritualidad, como acceso al misterio de la trascendencia.
El regalo de la fraternidad
Para el Hermano Universal es en, desde y con la fraternidad donde descubrimos por donde nos lleva el Señor en la vocación y en la misión. La misión franciscana se descubre en la fraternidad y se vive como un espacio abierto a las hermanas y a los laicos que se sienten llamados al mismo proyecto; de hecho el Hno. Francisco, en los últimos años de su vida, afectado por su enfermedad, se retiró para recuperarse cerca de Clara y las hermanas. La riqueza del carisma lleva a Francisco de Asís a hacer posible participar a los laicos del mismo proyecto, al que viven desde los inicios pegados, sin invadir espacios ni sustituir el camino propio. Y donde quiera que se encuentren los hermanos, muéstrense unos con otros con máxima familiaridad: «porque si la madre quiere y nutre a un hijo carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno querer y nutrir a su hermano espiritual?» (cf. 2R 6,8). Cuando al bienaventurado Padre le preguntan cómo sería un buen hermano menor, enumera las cualidades de los dones de cada uno… (cf. EP 85). La fragilidad y pecado están a la base de la vida fraterna, donde se aprende a ser hermano y amar desde la realidad de la fraternidad. Dios viene a nosotros en el cuerpo herido de un leproso, en la sobriedad de la Eucaristía, con todas las lepras que tenemos. ¡Qué sería de nosotros si no fuera por tantos perdones que nos dispensamos!... Lo nuestro debía tener una mirada esperanzada y confiada. Todo proceso vocacional tiene relaciones prácticas, gozos y renuncias, como cualquier otro proceso de la vida. Junto a todo lo descrito, no podemos olvidar la necesidad de soledad para madurar el crecimiento comunitario sereno y gozoso.
Practicar la minoridad desde la hospitalidad
Algunos sitúan hoy la hospitalidad en el corazón de la espiritualidad, como camino para ejercer la vida samaritana curando heridas. Hay que ser puerta abierta ante una sociedad marcada por el miedo, camino de reconciliación para un mundo herido y huérfano. Nos toca abrir nuestras fraternidades como un lugar donde acoger a los pobres, donde gozarse con lo pequeño y hacer de la familia un hogar que sepa a pan y a encuentro. En este contexto nos toca vivir a contracorriente, cuando las cosas no vayan bien y se nos ofrezca la oportunidad de vivir la verdadera alegría. Lo pequeño se convierte en prioridad del bien, de la bondad y de la belleza. Escuchamos en la Admonición 27,3: «Donde hay paciencia y humildad, allí no hay ira ni turbación…». El vacío se convierte en anchura y cuenco para ser llenado, será acoger y recoger todo, pasar por todo y quedarse con lo mejor. El Pobre de Asís quería que sus hermanos, cuando le llegase la hermana muerte, lo colocasen desnudo en la desnuda tierra. Hoy también se nos invita a nosotros a tocar como Jesús hacía para devolver al ciego la vista, al sordo el oído… para tocar hay que abajarse y hacerse humilde. Es la familia de los heridos, donde se muestra la ternura para cuidar la debilidad. ¿Quién será objeto de ternura a nuestro alrededor?
El último periodo de la vida de Francisco (1223-1226)
Según los hagiógrafos, este último periodo de la vida de san Francisco fue el más doloroso y fecundo al hacer síntesis personal de su vida, identificándose con Cristo siervo y Señor, desde el proyecto de vida definitiva con Dios y su realidad salvadora. Muere en la más estricta pobreza, prescindiendo de cargos y privilegios y adherido al santo Evangelio. El papa Francisco dice: «Era un místico y un peregrino que vivía en simplicidad y en una maravillosa armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo…» (cf. LS 10). Nos preguntamos qué nos dice Francisco de Asís hoy: vivir y anunciar la paz universal; todos los hombres somos hijos del mismo Padre; todos somos hermanos (fraternidad); todo está unido por el vínculo del Amor de Dios; vivir un sentimiento de familiaridad, Dios como fuente de la fraternidad; todos los hermanos son iguales en dignidad; la fraternidad universal es con todas las criaturas; fraternidad abierta a pobres, enfermos y marginados en las periferias; la fraternidad se sostiene en el discernimiento como señalan las Admoniciones: la vida cotidiana es el lugar donde se expresa nuestro ser hermano.
Permanecer dentro del mundo anunciando la Paz, la Justicia; y hermanados con la muerte
Anunciando la fe cristiana sin promover disputas ni contiendas; y anunciando la misericordia de Dios, su cercanía y amor a todos los hombres, desde la simplicidad y minoridad; y predicando con las obras y fray Ejemplo, anhelando tener el Espíritu del Señor y su santa operación. Anunciamos el cuidado de la hermana madre tierra y toda creación, renunciando a comodidades y viviendo sobriamente con una visión más libre fraterna-solidaria con tantos que padecen hambre y pobreza, dentro de ese estilo franciscano de vida sencilla, sobria y austera. Cuidar y dejarse cuidar es el modo franciscano de incorporar expresiones muy suyas como: acoger, custodiar, solicitar, guardar, hospitalidad, bendición, caridad, servicio, reparar, restaurar relaciones, etc.
El Cántico de Francisco de Asís termina con la estrofa: «Loado seas mi Señor con la hermana muerte corporal…». Francisco rompe los tabúes de la muerte llamándola «hermana», reconociendo que es parte de la creación y del plan de Dios; por eso la recibe no como el final de un proceso, sino como oportunidad de entrar en la plenitud de Dios. La recibe con serenidad, la afronta con paz y sin miedo. Transforma el sufrimiento y la muerte en motivo de esperanza. Se trata de un himno pascual, sostenido en una fe probada, en la certeza de la resurrección y del amor de Dios. El cántico nos invita a ver la vida y la muerte desde la fe, a vivir en paz con todo el mundo, entre nosotros y con Dios. La muerte no es fin, sino tránsito; no es fin, sino oportunidad de comunión con el Creador. Los últimos días fueron para la alabanza a Dios y para invitar a las criaturas a alabar al Buen Dios. En un mundo que evita hablar de la muerte, el testimonio del Poverello de Asís sigue siendo profético.
¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!!
Celebrar este año el Centenario 2026 es motivo para renovar el espíritu cristiano: reconocer la vida como don de Dios, vivir la fraternidad, celebrar en la Iglesia…, y comprometernos en el mundo con alegría y testimonio cristiano.
Bendigamos, alabemos, demos gracias y
sirvamos al Señor con una oración unida a la vida.
¡¡¡AMÉN, ALELUYA!!!
Bitácoras