El suelo empedrado de mantos, el cielo encantado de cantos, el aire hosannado de ramos. El Maestro nazareno, carpintero amable baja a la grupa de un platero, “pequeño, peludo y suave, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón”. Jesús, el nuevo David, tan humano por fuera y por dentro que se diría todo de Dios. (Mt 25,14-27,66).
Con palmas rizadas la ciudad se eriza de sorpresa abriendo las bisagras de sus puertas a un Rey pobre para los pobres, humilde para los sencillos, divino para mujeres y hombres.
Amenaza de un galileo desarmado, sin más ejército que un puñado de mujeres fuertes, que un séquito de pescadores desarrapados, que un ejército de descartados que buscan una casa, una sala, una mesa para celebrar la pascua, su pascua, que es nuestra.
Jesús entra por los arrabales de la ciudad, sube desde las periferias de lo humano, camina por los barrios olvidados para llegar a la plaza de la vida. Jesús viene a nos y nos empuja a salir a encontrarle: una corte de ciegos, cojos y lisiados, voluntarios de un reino de milagros y promesas.
Un enjambre de perfectos falsos, de peritos inexpertos, de letrados iletrados se estremece ante lo que se les viene encima: una revuelta, un despido, un tumulto, una patera, un nuevo culto… Un David sin más trono que un pollino, un Mesías sin más papeles que sueños de profetas, un Siervo sin más servidores que los quintos de una leva de bienaventuranzas, un Nazareno con los pies en la tierra, descalzos en el suelo, un Hijo sin más Dios que su Padre, que es nuestro, así en la tierra y en el cielo.
Jesús entra pacífico en la ciudad de la paz, entra en el fuego cruzado de las guerras, nuevas o viejas, bracea en los que cruzan el mediterráneo embarcados por mafias, regatea precios inflamados por la especulación recurrente, cuenta cuentos de crisis bancarias de cifras cifradas para los pobres…
Jesús viene a nos en el trotecillo corto de un rucio blanco. Nos atrapa en los torbellinos de cantos y hosannas, nos envuelve con mantos y milagros. Nos encanta con palabras que llegan al alma como nunca nadie habló de lo humano con acento divino, de lo divino en dialecto humano.
Jesús viene a nos… vayamos con Él como comunidad cristiana, entremos en la ciudad, entremos en el corazón, entremos en la Semana Santa, porque Él quiere comer la pascua con nosotros, quiere dar la vida por nosotros, quiere vivir hasta morir para darnos vida nueva.
Quien no tenga mantos que abra las manos, quien no encuentre ramos que se abra al abrazo, quien no sepa cantos que escuche a los niños de todos los pueblos que cantan a coro:
¡Hosanna en el cielo! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Fray Vidal Rodríguez López ofm
Bitácoras
