Solemnidad de la Inmaculada Concepción
Publicamos la carta y saludo que el Ministro Provincial, Fray Joaquín Zurera, ha escrito con motivo de la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
A los hermanos de la Provincia, a las hermanas contemplativas, a los hermanos y hermanas de la OFS, de los movimientos juveniles franciscanos, de las hermandades asociadas a nuestra Provincia.
«¡Señora santa caridad, el Señor te salve
con tu hermana la santa obediencia!
La santa caridad confunde a todas
las tentaciones diabólicas y carnales
y a todos los temores carnales.
La santa obediencia confunde a todos
los propios quereres corporales y carnales,
y tiene mortificado su cuerpo para obedecer
al espíritu y para obedecer a su hermano».
(SalVir 3.13-15)
El ser humano es capaz de las más grandes obras, pero también, cuando el mal lo atrapa, de generar daño a sus semejantes y al mundo en el que fue puesto por Dios. Creado para alcanzar la felicidad y, sin embargo, no siempre la construye, sino que deja marcadas y rotas la existencia de otros seres humanos. Nos estábamos reponiendo de la DANA que asoló el sureste español, con muchas familias heridas por las pérdidas de seres queridos y del patrimonio familiar, cuando hubo quien entró en nuestro convento de Santo Espíritu del Monte (Gilet, Valencia) con el ánimo de hacer daño y arrasar la vida de los hermanos, que acababan de celebrar la eucaristía y tomar el desayuno, disponiéndose para las tareas diarias.
El maligno está al acecho, y hay ideologías y comportamientos sociales que parecen haberse adueñado de la vida de tantos seres humanos. Raro es el día que no nos levantamos o acostamos con alguna desgracia por diversos hechos que siegan vidas. Aunque tal vez lo peor sea que al final nos vamos habituando y ya nada nos llama la atención: la invasión de Ucrania, el conflicto en la tierra de Jesús, los múltiples conflictos bélicos que están aconteciendo en África y en países de los que no nos llegan noticias, la violencia doméstica, el no respeto a la vida de aquéllos a los que se les impide nacer o se les deja morir por ser excesivamente mayores…
Razones para esperar
El panorama parece invitarnos a la desesperación y a la angustia, pero el Adviento quiere generar en nosotros razones para la esperanza. Y esa razón tiene un rostro y un nombre: el Dios que envió a su Hijo amado para habitar entre nosotros y poner su morada en la tierra. Él nos ha prometido un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia. Mas el Señor, que no buscó imponerse ni castigar, llevó a cabo su mayor obra de amor en la Redención del género humano desde el árbol de la Cruz, aunque en la Santísima Virgen María, destinada a ser la madre del Verbo encarnado, la preservó de todo mal desde el momento en que la pensó. ¿Cómo no iba a ser limpio y puro el seno que acogiera al Redentor? Ninguna mancha o señal del mal podía dañar a quien Dios preparó para ser morada de su Hijo.
El corazón ardiente de María supo estar en todo momento vuelto a Dios, y la obediencia a sus designios hizo realidad el sueño de Dios de venir a habitar entre nosotros. Este ejemplo de obediencia y caridad de la Virgen María es para nosotros estímulo y aliento esperanzado de cara a ir cada día sembrando nuevas semillas de vida y de entrega para poder decirle a esta generación que es posible esperar y alcanzar la felicidad. María Santísima, en su Inmaculada Concepción, nos habla al corazón y nos pide una actitud nueva para ser tierra buena en la que pueda germinar el Salvador. Para ello, renunciemos a ese afán desmedido de buscar glorias efímeras y alimentar el ego para mirar la vida desde el Tú de Dios, como lo hizo María Santísima, al igual que lo vivió y plasmó Francisco de Asís a través de las Alabanzas al Dios Altísimo, tras recibir las marcas del Amor con que el Señor nos amó en la Cruz. No nos dejemos seducir por esa falsa libertad que nos venden por doquier de hacer lo apetecible, para nutrir la vida de la caridad que brota de la obediencia, la de María, dispuesta a ofrecer su sí, despojada de sí misma y de sus apetencias, para sólo querer lo que agrada a Dios.
María, espejo de piedad y obediencia
Si fuéramos capaces de descubrir al Dios que acompaña («El Señor está contigo», saludó el ángel a la joven María en Nazaret) y abandonarse en Él para hallar la paz del corazón y la fuerza en la entrega, brotarían múltiples signos de amor. Ellos transformarían el mundo y vencerían a los signos de violencia que nos afligen, no sólo por guerras y conflictos, sino también en la familia y fraternidad donde el respeto es pisoteado, la delicadeza se olvida y el egoísmo levanta muros de división y aislamiento.
A la Purísima Virgen, espejo de piedad y servicio generoso, proclamemos a los cuatro vientos con Francisco de Asís que no ha nacido nadie semejante a Ella entre los seres humanos (cf. Antífona OffPass). Cantar las glorias de María no nos exime a nosotros de andar el camino y vivir el compromiso de una consagración que arranca de nuestro bautismo.
Por eso,
- Como Ella en la intimidad de Nazaret, descentrarnos de nuestros múltiples quehaceres para estar abiertos al Dios que viene a nosotros y nos habla al corazón.
- Como Ella en el encuentro con su prima Isabel, seamos portadores de alegría y Buena Noticia para los que encontremos en el camino, pues hay demasiada tristeza y ansiedad en los hogares del mundo.
- Como Ella en la búsqueda del Niño que se había quedado en el templo, no apaguemos la condición de ser buscadores de Dios, ni solos ni por nuestra cuenta, sino como familia y comunidad que se sabe necesitada de acoger más la Palabra y de vaciarse del exceso de palabrería.
- Como Ella en Caná, crezcamos en la confianza en Dios, para hacer fiesta la vida, aun cuando, a veces, parece que la realidad es oscura y no hallamos claridad a nuestro alrededor, pues la escucha a Aquel que nos habla nos saca del pozo alentando la esperanza.
- Como Ella en el Calvario, acompañemos y recibamos a tantos cristos crucificados, para que experimenten el consuelo y el aliento de un corazón que no vuelve la mirada a otro lado.
- Como Ella en el cenáculo después de la Resurrección, sostengamos con la oración a quienes se sienten débiles e incapaces de sacar adelante el proyecto que tienen entre manos, pues bien sabemos que por nosotros mismos no llegamos muy lejos.
Que la Santísima Virgen, en esta gran Solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos vuelva al amor primero, el que nos hizo reconocernos como seres amados y llamados al amor, reconciliados y portadores de palabras y obras que alientan la esperanza y hacen visible el consuelo.
A todos os deseo muchas bendiciones por este día de la Inmaculada Concepción, Titular de la Provincia, patrona de España y de nuestra Orden. Es tu vida la que hará posible el contemplar y descubrir el rostro de María, a través de tu testimonio de vida.
Fray Joaquín Zurera Ribó. Ministro Provincial
Otras noticias
La Luz de Clara Brilló en la noche Veleña
Carta del Ministro general para la Solemnidad de Santa Clara 2026
Cena franciscana en Vélez-Málaga
Bitácoras