Luz. Domingo de Pascua de Resurrección 2021

El libro abierto de un sepulcro nuevo, luz amanecida en lirios, madrugar lavanda de lágrimas sin lavar de María Magdalena, camino despedregado de sellos y precintos, unos aromas de nardos y canela, de bálsamos de mirra, rocío de azahares y maitines de limones… “Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20, 13)

La luz presente, el cuerpo ausente. Jesús robado al sueño de los guardias. Cristo de amores hortelanos sembrador de arrobos matutinos: “Jesús le dice: ‘María’. Ella se vuelve y dice en hebreo: ‘Rabbuní’ (Maestro).” (Jn 20, 16) 

Voz de emoción resucitada: “noli mi tangere” … No me toques, no me digas, no grites, no te asustes, no te vayas, no me llores, no estoy muerto, no estoy vivo… Porque estoy más que vivo, vivo resucitado, viviente para siempre… “No me toques que todavía no he subido al Padre…  Subo a mi Padre y Padre vuestro, a mi Dios y vuestro Dios.” (Jn 20 17)

Lo había dicho el Señor: Dios siempre cumple sus promesas, pero se toma su tiempo: tres días. Dios siempre guía la historia, pero a su modo: la cruz. Dios siempre escucha nuestros ruegos, pero parece que se hace rogar hasta el límite del amor: un amor sin medida.

Todo está patas arriba y todo está orientado hacia la salvación: El Profeta de la verdad, desoído por los peritos de lo divino, ahora es el oyente eterno de los pobres (Jn 18, 37). El Mesías desamparado, la piedra desechada por los canteros del orden desordenado, ahora es el quicio de la historia (Mt 21, 42). El Cordero sin pecado, vendido por pastores mercenarios (Jn 10,12), es ahora el Pastor eterno que nos hace recostar en verdes praderas, nos conduce hacia fuentes tranquilas, nos guía por senderos justos (Sal 23, 1-3).

El Mesías armado de panes y peces, guarecido de palabras y milagros (Jn 10,32), es ahora el encontradizo que nos deshoja la Escritura (Lc 24, 27-28) y se cuela por puertas y troneras, invitando a tocar con la mirada, a palpar con un beso sus manos, pies y costado (Jn 20,27). El Justo injustamente ajusticiado por los corruptos de todo sistema es ahora la encarnación de la ternura bienaventurada (Mt 26,65). El Rey sin más reino que el de Dios ni más trono que la cruz Jn18,36), es ahora lampara que alumbra en derredor misericordia, sin agotarse la ciudad de los hombres (Ap 21,23).

La Iglesia ha prendido el fuego en medio en la aldea global de la pandemia, ha encendido el cirio pascual en la casa común del coronavirus, en el atrio de la hambruna de vacunas ha anunciado a Cristo Resucitado.

Cristo ha pagado el precio del rescate de la culpa de Adán, del pecado todos; con un amor desmedido para que no se apague jamás la lumbre de este cirio de aleluyas: “Oh luz gozosa, de la santa gloria, del Padre celeste, inmortal, Santo y feliz Jesucristo.”

No hay coronavirus qué pueda apartarnos del amor de Cristo, no hay pandemia que logre robarnos la fe en su resurrección, no hay mejor vacuna de esperanza que la salud y salvación del Cristo que, en su misterio pascual, padece, muere y resucita por amor de su amor del amor nuestro:

Regina caeli, laetare… Quia quem meruisti portare, ALLELUIA

Resurrexit, sicut dixit… Ora pro nobis Deum, ALLELUIA

Gaude et laetare Virgo María… Quia surrexit Dominus vere, ALLELUIA.

Roma 4 de abril de 2021
Fray Vidal Rodríguez López ofm

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