Cruz. Viernes Santo

Las nubles hablan en silencio y la tierra mira al cielo. El cielo calla y el suelo sangra. La cruz se rinde ante Jesús rendido que tras el último suspiro expira entregando su espíritu:

“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46).

El velo del templo se raja de arriba a abajo, y una lanza aviesa golpea la blandura de piedra del costado de Cristo ya dormido y al punto brotó sangre y agua (cf. Jn 19,34).

Zumo de sangre y agua salada en las lágrimas dulces que han dejado de llorar. Llanto que anega la hora de nona que olvida el tiempo. Hora que suspende el tiempo deteniendo el pulso de la historia ahora enclavada al madero de un árbol. Árbol del paraíso, del bien y del mal, desde el que ahora sin demora, Jesús desciende a los infiernos, buscando al Adán primero, para rescatar y arrastrar a la vida desde él a todos nosotros, hijos de la primera Eva.

Jesús, haciéndose pan, bebiéndose en el vino, orando en el huerto, atándose a una columna de azotes, ceñido de espinas en las sienes, reo de manos engrilladas, negación de Pedro, farsa de Caifás, abuso de Herodes, mentira de Pilatos, beso de Verónica, hombro del hombre de Cirene, lanceado por Longinos, lamento de pasantes, rescate de ninguno…

“Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas, al que podía salvado de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.

Y aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en el autor de la salvación eterna.” (Hebreos 5, 7-9)

 El Dios de dioses escucha la oración del Cristo, el Padre oye el grito del Hijo, el Señor de los ejércitos recoge las lágrimas del Siervo, el Pastor de Israel atiende las súplicas de Mesías… pero Jesús muere y en una muerte de cruz (cf. Flp 2,8).

Dios escucha y Cristo muere, el Padre caya y el Hijo reza, el Señor ama y el Siervo sufre, el Pastor conduce y el Cordero obedece, el Todopoderoso poco puede hacer, el Mesías cumple con todo y todo lo entiende consumado: “Todo está cumplido e inclinando la cabeza, entregó el espíritu” (Jn 19,30).

En esta Vía Dolorosa de pandemia, en este Gólgota de coronavirus, en este silencio de vacunas; Cristo estrena la cruz y se entrega a la muerte, duerme y nos despierta, baja a los infiernos vaciándolos, rescatándonos por gracia de su gracia, alzándonos a los cielos.

Jesús, el Hijo, deja a Dios ser Dios. El Padre no le deja en la madeja del sino, ni deja de oír nuestras quejas. Dios escribe en la hoja de la cruz, una sentencia de vida, el edicto inapelable del perdón, con el silencio soberano de un amor humanamente divino, con la elocuencia de una salvación divinamente humana. Amén.

Roma, 2 de abril de 2021 
Fray Vidal Rodríguez López ofm

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