Pan. Jueves Santo

La cena era amarga de verduras, el aire denso. La tarde era rápida, la noche larga. El cordero sabroso, mejor era el pan. Generoso fue el vino y más lo fue Jesús.

Todo había sido precipitado y todo se precipitó. El viaje y su utillaje, la entrada, el hospedaje, la cena, adecentarse… Comiendo Jesús apenas probó bocado. Nos comía con la mirada, hablando poco y diciendo mucho. Pasaba algo y sospechábamos que iba a pasar algo. Se levantó y discutió con Simón. Jesús hizo de las suyas. Se puso a lavarnos los pies. Pedro se negaba y, siempre suyo, al final quería bañarse de la cabeza a los pies.

El Maestro volvió a la mesa y miraba a Judas, y él le escondía los ojos. Estaba taciturno, ensimismado en musarañas. Cruzaron dos palabras, no entendimos ninguna. Juan intentó enterarse y comprendimos menos.

Seguimos la tradición, pero Jesús seguía haciendo de las suyas, buenas, nuevas. Tomó pan y pronunció la bendición antigua y dijo algo nuevo: ‘Esto es mi cuerpo’ (Lc 22,19). Nos miramos atónitos y nadie dijo nada, porque a todos nos dio un trozo tras partirlo. Comimos aquel pan, pan ácimo de sabor salado, de harina, como de carne del ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’ (Jn 1,29)

Del mismo modo, acabando la cena, tomo la copa recitando el salmo y rezó de nuevo: ‘Esto es mi sangre’ (Lc 22,20). Y antes de que dijéramos nada, dijo: ‘Tomad y bebed’. Bebimos aquel vino, que ya era un mosto nuevo, de un color bermellón, como de sangre y sacrificio: ‘Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente’ (Jn 10,18).

Judas se había ido, sin despedirse, ni decir dónde iba. Jesús quiso seguirle con una mirada misericordiosa, pero él salió de la sala, bajó del piso superior (Lc 22,12), huyó de la casa, de la ciudad, y de Dios… salió de sí y entro en él el desatino del maligno.

Antes de concluir, Jesús ya estaba de pie y nos apremiaba a marchar con él.  ¿A dónde? Al monte… Pero ¿de dónde? De los olivos…  ¿Por qué? Para rezar… ¿Por qué? Por sí mismo… ¿A quién? Al Padre… “Velad aquí… Me muero de tristeza… Si puede ser que pase…” (Lc 22, 39-45).

Y pasó que nos quedamos dormidos y al despertar nos vimos rodeados de cegadoras teas, circundados de gentes armadas y muertos de miedo sacamos la espada y Jesús dijo: “Basta’” (Lc 22,51).

Y aquí pasó lo de siempre, que llegaron los romanos, y los guardias con sus huestes. Judas besó a Jesús. Nosotros, valientes de traiciones, le dejamos sólo. ¡Ay! le abandonamos a su suerte y muerte.

Avergonzado, guardando la distancia social, Pedro le siguió a hurtadillas y tapando el acento galileo con la mascarilla del temor, se acercó a calentarse al brasero de los guardias. Estando en estas, la portera le pidió la auto certificación de discípulo, la papeleta de sitio, y él negó, como todos, conocer a Jesús. El gallo reconoce cuando el día está por llegar. Pero el miedo embota la razón del hombre y atora el corazón con mil escusas para desconfiar y negar, para dudar, sin creer ni querer.  

Jesús hoy se hace panadero de sí mismo, bodeguero de su corazón y nos invita a comulgar y contemplar el pan partido en mil migas para que llegue a todos. Nos ofrece derramar el vino en la copa de cada corazón, para que cada gota de vida genere alegría creyente de salud y salvación, de vida verdadera.

El magisterio artesanal de este panadero de uvas, de este viñador de harinas, Jesús, logra superar la traición del amigo haciéndose pan. Consigue tragarse el dolor dándose a beber en el vino. Alumbrando las sombras de los días aciagos, encendiendo cerillas de oraciones pobres. Empeñándose en lavar los pies de los otros, frente a la tentación de sacudir los propios o de ponerlos en polvorosa. Arrimarse a Dios cuando más parece esconderse. Llamarle Padre cuando menos nos creemos hijos. Atreverse a recibir perdón cuando ya no tenemos conciencia ni ciencia para pedirlo.

En la barca de la pandemia, no hay que abandonar; porque él lleva el timón y guarda el pan. En las cruces de su Cruz, no hay que bajarse; porque sus heridas nos han curado con el vino de su sangre. En la soledad de sus soledades no nos atrincheremos en nuestro castillo interior, de mi quehacer o mi deshacer; porque Cristo, ‘el extraño herido del camino’ nos sale al encuentro, panadero samaritano, vinatero prójimo del sacramento de acción de gracias de su Iglesia.

“El samaritano del camino se fue sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano.” 

Roma, 1 de abril de 2021
Fray Vidal Rodríguez López ofm

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